¿Le gustan los perros?
Siempre he sido un individuo propenso a la vergüenza. He perdido la cuenta de las oportunidades que he dejado escapar por no atreverme a marcar un número de teléfono, o por no llamar a la puerta de un despacho. ¿Por qué el ser humano es tan vulnerable a este mal? Estoy convencido de que la timidez es la característica más inútil y absurda de nuestra especie (y no es que nos falten características absurdas), pero también una de las más comunes. Daría lo que fuera por desterrar para siempre todo sentimiento de vergüenza, por ser capaz de hablar con quien quisiera y cuando quisiera sin que me temblase la voz, por escapar del qué dirán y del miedo al ridículo...
Haría cualquier cosa por ser como mi abuelo.
Ayer, Roger y yo acompañamos a mi abuelo a ver la parcela que ha comprado en un pueblecito del interior, Álora. Tuvimos que coger dos trenes, un autobús y un taxi. En cada nuevo medio de transporte, mi abuelo se hacía el dueño del cotarro. Hablaba a diestro y siniestro, manejaba a uno y a otro, se metía por donde hiciera falta. Si tenía una duda, preguntaba; si algo no le gustaba, lo decía y se solucionaba.
Roger y yo le seguíamos sumisos. Cuando el abuelo toma las riendas, a uno no le queda otro remedio que callar y asumir su secundariedad. Mi abuelo es una abeja reina, una llave maestra, un cruce de caminos portátil. Si Galileo hubiera vivido en nuestros tiempos, sin duda habría concluido que el Sol no da vueltas alrededor de la Tierra, sino alrededor de mi abuelo.
De regreso en el tren, mi abuelo descubrió que había perdido el billete. Mi hermano Roger y yo nos llevamos las manos a la cabeza, pero él permaneció impasible.
-Tranquilos -dijo-. Voy a hacer un poco de propaganda.
De momento, no entendimos a qué se refería. Cuando llegó el revisor, tanto Roger como yo sacamos los billetes de nuestras respectivas carteras. Mi abuelo también abrió su cartera, pero en lugar de sacar un billete, le entregó al revisor un calendario de bolsillo -de los que regala mi madre a los clientes en su perfumería- al tiempo que le preguntaba:
-¿Le gustan los perros?
El calendario estaba ilustrado con una foto preciosa de dos cachorrillos adorables, idénticos a los del anuncio de Scotex.
-¿Qué es esto? -preguntó el revisor, de mal humor.
-Es para usted -contestó mi abuelo-, un regalo. Verá, he perdido el billete; ha debido de caerse antes de entrar en el tren, al meterme la cartera en el bolsillo.
Lógicamente, mi abuelo no se libró de la multa (aunque eso es lo de menos). ¿Cómo pudo hacerlo? ¿Por qué Roger y yo deseamos que nos tragara la tierra, mientras él no sentía el menor atisbo de vergüenza? No podré considerarme un hombre de verdad -ni creer que le llego a mi abuelo a la suela del zapato-, mientras carezca del valor necesario para intentar sobornar a alguien con un calendario de bolsillo. Algún día lo conseguiré, solo es cuestión de tiempo y voluntad. Lo llevo en los genes.
(Porcentaje de realidad: 99%)












