Mostrando las entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas

domingo, 10 de febrero de 2008

La especialidad de Sebastián

Sebastián L. Márquez estaba convencido de ser especial. No sabía cómo ni por qué, ni tenía habilidades fuera de lo normal que le dieran un indicio, pero albergaba la certeza de que grandes cosas le estaban reservadas. Lo cierto es que el chico no tenía un plan para triunfar -no lo estaba buscando-, no escribía novelas, no tenía oído para la música, ojo para la pintura ni gusto para la ropa. Solo sabía usar el ordenador para ver los e-mails, y no tenía la menor idea de política. En el fútbol del recreo lo escogían el último y le ponían de portero. No se lavaba los dientes porque le daba pereza, se le colaban faltas de ortografía, tartamudeaba y llevaba camisetas con el dibujo cuarteado. Nadie habría apostado un chelín por el pobre Sebastián (ni siquiera los que saben cuánto es un chelín). La gente solía tomarle el pelo diciéndole: "¿Sebastián, ya te comiste el mundo?"... Pero el se hacía el sordo y conservaba su fe.

Y de pronto un día, contra todo pronóstico, ocurrió:

Sebastián se dio cuenta de que estaba equivocado.

Por suerte, fue el mismo día que una chica le metió la lengua en la boca por primera vez, y la tremenda decepción de comprender que su futuro, después de todo, sería vulgar le pareció una chorrada de lo más insignificante.

(Porcentaje de realidad: 50%)

jueves, 13 de septiembre de 2007

El psicólogo. (El montaje del director)

Lulú es psicóloga. La psicología es una de esas ramas del saber tan amplias y complejas que los no iniciados tienden a confundir sus fronteras, incluyendo dentro de tan respetable ciencia cuestiones como la telequinesis, la adivinación y hasta el lado oscuro de la fuerza. Lo que ocurrió el martes pasado supera, sin embargo, la más transigente acepción de las palabras “sentido común”.

Estaba Lulú desayunando cuando alguien llamó al timbre. Abrió la puerta y se encontró con un hombre de mediana edad, al que no conocía. Al parecer se trataba de un cliente de su padre, que se había acercado a la casa para entregar unos documentos importantes. Lulú recibió los documentos y se despidió, pero el hombre se quedó junto a la puerta.

-¿Tú eres psicóloga, verdad?

-Sí, acabo de terminar la carrera -contestó Lulú, suponiendo que aquel tipo habría escuchado a su padre hablar sobre ella.

-Yo es que ahora estoy trabajando en algunos casos muy complicados -continuó el hombre-. Estamos llevando a cabo un proyecto en coordinación con un psiquiatra de aquí de Málaga…

“Vaya” pensó Lulú. “¿Quién será este tío? ¿Algún investigador importante?"

-…También trabaja con nosotros el sacerdote de la Iglesia de la Anunciación. ¿Lo conoces?

-No tengo el gusto -respondió Lulú, y pensó: “oh, oh…”

El hombre prosiguió:

-Tratamos casos complicados de esquizofrenia, aquellos que son más complejos que los producidos por causas fisiológicas… ¿tenéis en la facultad una asignatura de demonología?

Los ojos de Lulú se abrieron tanto que se le quedaron dados de sí durante dos días. “¿Demonología significa lo que yo creo que significa?” pensó. El hombre añadió:

-¿No os enseñan técnicas de exorcización y expulsión de demonios en la facultad?

Lulú controló su imperativa necesidad de salir por patas y, reuniendo hasta la última gota de su buena fe, contestó:

-En una asignatura de “historia de la psicología” vimos que en la antigüedad, hace mucho, mucho tiempo, cuando no se sabía nada en absoluto sobre la química o la biología, ni existían métodos científicos, ni rigor, y lo único que se sabía del cuerpo humano era que teníamos cabeza, tronco y extremidades, y los diagnósticos se basaban en supercherías y en lo que el imbécil del curandero hubiera visto después de fumarse la hierba que se fumara por entonces (que seguro que era de la buena)… en aquella remota época se interpretaban algunos casos de esquizofrenia como posesiones demoniacas.

(Bueno, quizá Lulú no fue tan explícita…)

El exorcista no captó la indirecta, y siguió explayándose en su relato sobre la lucha contra los demonios y la posesión del alma. Cada cierto tiempo se interrumpía a si mismo y repetía:

-¿Seguro que no tenéis una asignatura de demonología en la facultad?

Y Lulú se tenía que morder la lengua para no contestar:

No pero, si está realmente interesado, puede usted aprender todo lo necesario a través de la serie documental "Buffy cazavampiros”.

Antes de despedirse, el exorcista le dio la mano a Lulú muy formalmente y le dijo:

-Ha sido un placer. Quizá acabemos encontrándonos algún día a lo largo de nuestra experiencia profesional.

Personalmente, creo que el hombre estaba en lo cierto. Es muy probable que Lulú vuelva a encontrarse con él a lo largo de su experiencia profesional como psicóloga. Solo espero que la próxima vez le hayan apretado bien las correas de la camisa de fuerza.

(Porcentaje de realidad: 98%)

domingo, 26 de agosto de 2007

¿Qué escritor no quiere ser Franz K.?

[...] Una noche, a principios de 1963, recuerdo haber estado en una de aquellas monumentales salas de cine parisinas -que sobrepoblaban los Champs Elysées desde los años dorados- viendo la última película de Orson Welles: “El Proceso”. La cinta estaba basada en la novela de Franz Kafka del mismo nombre. Kafka es para mí un ejemplo de genialidad, quizá el mejor escritor de todos los tiempos. Confieso que siempre he sentido hacia él una profunda envidia, que es, en mi opinión, la única forma sincera de admiración entre escritores. Yo quería haber escrito “El Proceso”, y también “La Metamorfosis”, y sobre todo aquel cuentecito insignificante que se titulaba “Un Artista del Hambre”. Por desgracia, los escribió él primero, y eso ya no tiene arreglo.

Recuerdo que, al salir del cine, habiendo terminado y publicado recientemente mi última basura (que se convertiría en un best-seller durante las siguientes semanas), me asaltó mi viejo sueño adolescente de intentar escribir una novela de Kafka… o, mejor dicho, algo que pasara por la traducción de una novela de Kafka, puesto que mi dominio del alemán se reducía a las dos docenas de espantosas palabras que había aprendido veinte años antes, en un campo de prisioneros de Arnhem.

Como decía, desde que contaba solo dieciséis o diecisiete años, me había propuesto escribir una obra "al estilo de Kafka". Pensaba que si era capaz de escribir un libro que pareciera salido de las manos de aquel maldito austrohúngaro, si lograba engañar a todo el mundo y hacerles creer que el libro no era mío sino suyo, solo en ese caso habría alcanzado el -por entonces- objetivo de mi vida: ser tan bueno como él.

En realidad, la película que vi en París no alcanzaba la calidad de la novela (ninguna película podría hacerlo), pero había escenas muy logradas, que avivaron en mí el antiguo proyecto. Me tomé tan en serio mi resolución que decidí alquilar un pequeño apartamento en la Bohemia checoslovaca, en un pueblo cercano a Praga -la ciudad en la que él vivió-. La verdad, no habría sido necesario tan absurdo intento de inmersión cultural, porque apenas abandoné mi habitación durante los tres meses que dediqué a la novela. En un principio me había propuesto recorrer el país, memorizar las calles de la capital, mezclarme con los nativos… Pero en seguida comprendí que, si quería calcar la mente de Kafka sobre la mía, la soledad y la claustrofobia de mi diminuta habitación de alquiler resultarían mucho más estimulantes que cualquier visita turística.

Me arriesgo a parecer presuntuoso, y aceptaré como válida la opinión de cualquiera que me crea equivocado, pero lo cierto es que pienso que alcancé mi objetivo. Mi novela se llamaba “La Montaña”, y su protagonista se apellidaba "K" (como no podía ser de otra manera). Tenía el estilo, las frases, las imágenes recurrentes de Kafka… y después de haber leído y releído sus escritos una y otra vez, estoy convencido de que también tenía su espíritu. En realidad, no había resultado tan difícil. En cuanto terminé el escrito, comprendí que igualar a un genio no consiste en imitar su obra, sino en escribir una obra tan diferente como la suya.

A pesar de mis conclusiones, continué con el experimento, y permití leer la novela a algunos colegas -buenos escritores y editores- cuya confidencialidad estaba garantizada por los años y las deudas de la amistad. Logré engañarlos, lo conseguí. Aceptaron mi historia cuando les expliqué que aquella novela pertenecía a los textos que la gestapo había confiscado a Dora Diamant (la última amante de Kafka, que había sido incapaz de completar el deseo póstumo del escritor de destruir todos sus borradores). Les dije que el original se había perdido, y que solo se conservaba aquella traducción al inglés, realizada por un espía británico en 1944. Mi obra resultaba tan puramente Kafkiana, que ni siquiera aquella descabellada coartada supuso un problema para su credulidad.

“¿Por qué nadie sabe nada de ese libro?” se estarán preguntando ustedes. Había tomado la decisión de publicarlo pero, cuando me encontraba a punto de entregárselo a mi editor, comprendí que Kafka jamás habría hecho tal cosa. Lo habría guardado en un cajón, sin escribir el final deliberadamente para que nadie pudiera publicarlo. Y le habría pedido a su amigo Max Brod y a su querida Dora que lo quemaran todo cuando su corta y miserable vida llegase a su fin (probablemente, con la secreta esperanza de que no le obedecieran).

Así es que guardé la novela en la mesita del dormitorio de mi pequeña mansión andaluza, y aún sigue allí. No se preocupen: he dado órdenes a mis mejores amigos de que sea destruida en cuanto yo pase a mejor vida. Si son ustedes más jóvenes que yo, y tienen paciencia, es probable que acabe llegando a sus manos un ejemplar de bolsillo, a un precio muy asequible.

A. S. Littlesand, Memorias.

(Porcentaje de realidad: 0%)

miércoles, 18 de julio de 2007

La Tarantela

Parece ser que la fiebre ya se ha solucionado, aunque me temo que no puedo agradecérselo a los médicos. Supongo que hay que ir a verlos, por si acaso, pero la verdad es que la mitad de las veces, o no saben lo que tenemos, o no saben como se cura. ¿Sabíais que, por ejemplo, algo tan insignificante como las llagas de la boca no tiene tratamiento?

De todas formas, fui a mirarme lo de la fiebre. Lulú me insistió, porque había ciertos factores preocupantes. El día anterior al comienzo de los síntomas, habíamos regresado de un viajecito a un camping de Cádiz (para celebrar el final de los exámenes), en el que se habían producido dos situaciones potencialmente mortales:

En primer lugar, habíamos bebido agua en una fuente de Ronda -que más bien parecía un abrevadero-, en la que no sabíamos si el agua era potable. Es una práctica nada recomendable, pero no habíamos podido contenernos: El calor era tan agobiante que hasta las cigarras sonaban como si tuvieran la garganta reseca… ¡y aquel chorrillo salía tan fresquito y retozón! La única precaución que tomé fue acercarme a unos abuelos que había allí al lado y preguntarles si se podía beber.

-¿Ein? ¡hi aro! -contestó uno de ellos, que, en el idioma local, significa: “¿Perdón, cómo dice? Ah, desde luego, el agua es potable”.

Cuando ya habíamos sumergido todas las partes sumergibles de nuestros respectivos cuerpos, y habíamos bebido suficiente agua como para rellenar el aljibe de mi casa, nos dimos cuenta de que los dos viejecitos estaban muy sonrientes. Al pasar delante de ellos para marcharnos, uno exclamó:

-¡Está fresquita, eh! ¡Es que es una alegría!

En ese momento me acordé del extraño sentido del humor que gusta en los ambientes rurales españoles, y que Gila retrataba tan bien cuando decía: “sí que le matamos un hijo pero, ¡si no sabe aguantar una broma que se vaya del pueblo!”. Mis dudas sobre la potabilidad del agua se volvieron mucho más inquietantes.

Este hecho ya era digno de preocupación por sí solo, pero no era el único. No podemos olvidarnos de… LA CRIATURA.

Al levantarme a la mañana siguiente en la tienda de campaña, después de mis estiramientos y bostezos de rigor, me volví para saludar a Lulú.

-¡Sal de la tienda! -gritó ella.

Ya sé que mi aliento mañanero no es agua de rosas, pero aquello me pareció un poco excesivo.

-Pero…

-¡Tienes una araña en la camiseta! ¡Corre, sal, sal de la tienda! ¡No, no, no te toques! ¡Sal de la tienda, sal de la tienda! ¡Que SALGAS DE LA TIENDAAAAA!

Supongo que yo todavía estaba dormido porque, por más que me miraba, no veía a la araña por ningún lado. “¡Mujeres!” pensé, “¡cómo se pone por una arañita de nada!”

Así que abrí lentamente la cremallera, saqué una pierna de la tienda, luego la otra, esperé a que terminaran de crujirme todas las vértebras… si alguien ha descubierto la forma fácil de salir de una tienda de campaña, que me la explique.

-¡Pero sal de una vez, que se va a meter en los sacos! -insistía Lulú

-Ay, no te pongas así -dije-, que solo es una araña, que no me va a co… co… ¡Joder!

En ese instante descubrí a la criatura. Pero ya no estaba en mi camiseta, sino que se había mudado un poco más abajo. No le deseo a nadie la sensación de levantarte por la mañana y encontrarte una tarántula en los testículos. Por suerte, allí estaba la heroica Lulú para salvar mi entrepierna, armada con una chancla y sin miedo a utilizarla. Tomó carrerilla y lanzó una estocada fabulosa: potente, rápida y mortal. ¡Y casi le da a la araña! Casi… Pero no os preocupéis, al cuarto intento acertó (reconozco que hubo unos segundos en los que pensé en darle otra chancla a la araña para que intentara quitarme a Lulú de encima)

Finalmente conseguimos capturar a la Criatura en un tarro de salsa bolgnesa, y nos convertimos en un espectáculo ambulante, enseñando nuestra presa a todo el mundo por el camping (si nosotros no íbamos a dormir esa noche, los demás tampoco). He aquí un retrato del animalito. Os prometo que no es de goma:


A mí jamás se me habría pasado por la cabeza que una picadura de este bicho pudiera enfermarme. Yo creía que, en todo caso, me proporcionaría superpoderes arácnidos en los genitales, pero Lulú pensó que podía estar relacionado con la fiebre.

Sometido a tantos y tan graves factores de riesgo, y teniendo en cuenta que mi estado febril no estaba acompañado de dolor de garganta ni de ningún otro síntoma tranquilizador, Lulú me convenció para someterme a un examen médico. Lo que yo no me esperaba era que a mi médico se le fuera a ir tanto la pelota (seguramente debido a un excesivo consumo de capítulos de House). Al final iba a resultar que, en lugar de convertirme en el hombre araña, me iba a convertir en el hombre cobaya.

(continuará...)

(Porcentaje de realidad: 94%)

martes, 15 de mayo de 2007

Estoy en la parra

El domingo pasado tuve mi segunda boda. No, no me casé yo, sino la prima de Lulú. Aquí en Málaga la gente se pasa la vida de boda en boda y tiro por que me toca, pero a mí no me invitaban a una desde los siete años. Creo que hay personas con mi edad que han acudido a más bodas como novios que yo como invitado.

La cuestión es que me puse nervioso. Sí, ya sé que no era mi boda, pero también era un día importante para mí. Era la primera vez que me reunía con todos los parientes de Lulú. Iban a presentarme a muchas personas, y tenía que causar buena impresión. Me tenía que disfrazar de hombre adulto, con zapatos y americana, lo cual siempre me hace sentir muy avergonzado. Y, lo peor de todo: tenía que llevar a la familia de Lulú en el coche (incluyendo a su hermano, que es taxista). Creo que ya os he hablado alguna vez de mi fobia a llevar a gente en el coche. Cuando tenía dieciocho años estampé un cochecito de pedales contra un renault 19, y le destrocé la puerta. Yo llevaba de pasajeros a mis nuevos amigos (y amigas) universitarios, a los que quería impresionar. Desde entonces, me dan sudores cuando me toca hacer de chofer.

Por si fuera poco, la noche anterior el novio me había encargado el trabajo de DVD-jockey de la boda. Me había entregado un proyector y un reproductor de DVD, y me había pedido que los intentara hacer funcionar durante el banquete. Querían proyectar una especie de álbum fotográfico multimedia, que una amiga de los novios había preparado. Ni que decir tiene que yo no sé nada de DVD’s, ni de vídeos, ni de amplificadores de sonido, pero -como en toda buena película de enredo- decidí que lo mejor era no confesárselo a nadie y hacer el ridículo el día de la boda.

Andaba yo preocupado con estas tonterías, cuando la novia entró en la iglesia, con la marcha nupcial sonando de fondo. Intenté olvidarme del cada vez más inminente enfrentamiento con el DVD, y del hecho de que había conducido hasta allí como si tuviera noventa años y estuviera borracho. Tenía que comportarme como un hombre hecho y derecho, que Lulú viera que soy un novio todo-terreno y que me puede llevar también a las reuniones de los mayores. No tuve mucho éxito.

Para empezar, estaba tan embobado que se me olvidó que ahora soy ateo y me santigüé cuando el cura lo mandó. Eso no contribuyó demasiado a mejorar mis nervios, y añadió un toque de culpabilidad (santiguarse para un ateo es pecado mortal). Lo estaba aceptando cuando comenzó la lectura del salmo responsorial. ¡Oh, desafortunado destino!... ¿Por qué? ¿Por qué tuvieron que elegir aquel pasaje?

...Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien.
Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa...

Claro, después de darle muchas vueltas caí en la cuenta de que había dicho parra fecunda. Pero lo que yo entendí en aquel momento fue: ...Tu mujer, como perra fecunda...

En fin, una frase desafortunada, combinada con los nervios, tiene fatales resultados: me dio un ataque de risa. Juro que hice lo que pude por contenerlo. Me mordí la lengua, me clavé las uñas y hasta intenté imaginarme a mis padres muriéndose en un accidente de tráfico (en el que yo conducía). No sirvió para nada. Ahora, toda la familia de Lulú debe de pensar que soy idiota... y no andan muy desencaminados.

Después de mucho esfuerzo, conseguí contener la risa lo suficiente como para darle una explicación a la hermana de Lulú.

-Ji, ji, Perdona -susurré-, es que ji, ji, cuando ha dicho ji, ji, ji, ji, parra fecunda, ji, ji, ji yo he entendido ji, ji, ji, ji, ji, ji, ji, ji, yo he entendido ji, ji, ji, perdona, ya, ya... ji, ji, yo he entendido perra fecunda, ji, ji, ji, ji, ji, ji, ji, ji, ji, ji, ji.

La hermana de Lulú asintió despacio.

-Ya decía yo que no podía ser... -murmuró-. Yo había entendido guarra fecunda.

En fin, al menos en las bodas españolas no se dice aquello de “si alguien conoce alguna razón por la que este hombre y esta mujer no deban unirse...” Seguro que mi estrepitosa carcajada habría coincidido exactamente con ese instante.

(Porcentaje de realidad: 94%)

P.D. Lo del DVD salió muy bien. Mi eterno agradecimiento al verdadero disc-jockey del hotel, que se apiadó de mi alma y me explicó que el cable rojo va en la clavija roja, y el cable amarillo, en la clavija amarilla.

martes, 8 de mayo de 2007

¿Tú sabes como se llama salchicha en España?

Ya sé lo que quiero ser de mayor. De pequeño quería ser granjero, hasta que me enteré de para qué se alimentaba a los animales en las granjas. Por entonces pensaba que las granjas eran una especie de parque de atracciones para cerditos. Cuando descubrí que en realidad se parecían más a campos de concentración, me replanteé mis opciones y decidí que quería ser veterinario. ¡Alguien que curaba a los animales no podía ser malo! Entonces me explicaron que los veterinarios se dedican a ir a las granjas para dar el visto bueno a la ejecución de los cerditos. Ser el cómplice de guante blanco en semejante barbarie tampoco era lo que yo había soñado. Poco después, a alguien se le escapó que Santa Klaus eran los padres, y mi comprensión del verdadero funcionamiento del mundo se hizo total. Había descubierto la realidad: que no hay cuchara y que, aunque la hubiera, seguramente alguien la usaría para matar cerditos. Dejé de escribir a Santa Klaus y juré no comer nunca carne de cerdo (me limitaría a los choco-crispies y a las salchichas Oscar Mayer que, como todo el mundo sabía, crecían en las baldas de los supermercados).

Al mismo tiempo, desapareció de mi mente todo indicio de ambición: de mayor no quería ser nada. El trabajo por el que yo sentía vocación (jefe de un parque de atracciones para cerditos) no existía, así que cualquier otro trabajo sería una segunda opción, sin ningún interés. Con esta indiferencia existencial llegué hasta la edad adulta. O, mejor dicho: hasta el domingo pasado.

Mi amiga Maya es medio alemana (bueno, solo es medio alemana en los gustos gastronómicos; para todo lo demás es solo un 15% alemana, según ella). Por eso, el domingo se le ocurrió llevarnos a un bar de alemanes, en el que ponen la mejor salchicha con chucrut (sauerkraut, para los puristas) de la zona. Puesto que la salchicha no es incompatible con mis creencias alimenticias, me pareció una idea estupenda.

Cuando llegamos, descubrimos que éramos los únicos españoles. Mejor: la inmersión cultural sería más auténtica. Nada más sentarnos, apareció el dueño del bar. En realidad, noté que se nos había acercado porque su sombra, proyectada sobre la mesa, nos había sumido en una inquietante semipenumbra. Extrañado, giré la cabeza y me encontré su inmensa figura. Era un alemán enorme, alto y gordo, curtido, rubicundo y con la piel de color rojo brillante, por tanta cerveza. Acojonaba un poco, para entendernos. Le pedimos las bebidas y él tomó nota muy educadamente. Ya se marchaba cuando Maya le preguntó por las salchichas. En ese momento su rostro se iluminó (más todavía):

-¡Querrrréis salchichaaags! ¡Tengo salchichaaags muy buenas, traigo de AAAlemania, aquí no poderrrrr compraharrr!

En ese momento, viendo su sonrisa y escuchando las voces de felicidad que pegaba, comprendí que la mejor forma de hacerse amigo de un alemán es pedirle una salchicha. El hombre vino con nuestras raciones, y dejó un tubo de mostaza en la mesa. Sí, habéis oído bien: la mostaza venía en un tubo de metal, como los que antes se usaban para la pasta de dientes. A mí aquello me pareció poco menos que una reliquia del otro lado del telón de acero.

-¡Aquí téeeeneis mogssstaza! -exclamó, como si nos estuviera haciendo partícipes de un misterioso honor ancestral.
Hay que reconocer que estaba todo buenísimo. Sin embargo, la mostaza de verdad no es apta para paladares desacostumbrados: sabe a pintura plástica. Es así, es un hecho objetivo. Ya sé que hay mucha gente a la que le parece deliciosa (A Lulú, por ejemplo)... en fin, a algunos les gusta esnifar pegamento y a otros comer pintura, no hay nada de que avergonzarse. Maya debía de opinar como yo, porque levantó el dedo y llamó al jefe.

-Perdone, ¿tienen mostaza dulce?

Repentinamente, el entrecejo del alemán se arrugó y las venas de la frente se le inflamaron:

-¡Mostaza dulce serrr parrrrra marrricones del surrrr! -gritó.

Nos quedamos atónitos. Se refería al sur de Alemania, pero Maya se enfureció igualmente:

-Oiga, ¡que mi madre es del sur de Alemania!

-Bueno -repuso el jefe-: ¡nadie es perrrrfecto!

Desde ese momento, la comida se convirtió en un show. Cada cinco minutos, el alemán se nos acercaba, decía alguna burrada y se marchaba entre risotadas. Cuando se dirigía a una chica la llamaba “rubia” (aunque ninguna lo era). A mi amigo Casimiro y a mí, nos ponía la mano en el hombro, y parecía que nos hubieran echado encima un trono de Semana Santa. En una de las ocasiones se me acercó y me preguntó:

-¿Tú sabes cómo se llama salchicha en España?

Me encogí de hombros, pensando que debía de tratarse de una pregunta trampa. Entonces, el alemán enseñó todos los dientes y exclamó:

-¡En Alegggmania salchicha se llama “Sueño de mujjjjerrr”!

De la risa que me dio, escupí un trozo de chucrut en la mesa (nos habían puesto tres posavasos por cabeza, pero no acerté en ninguno). Al jefe le gustó mi amable gesto de apreciación hacia su sentido del humor, y me dio una palmada en el hombro que casi me descalabra. Lulú, a mi lado, se moría de risa.

Como os iba diciendo, lo tengo decidido: Yo de mayor quiero ser alemán.

(Porcentaje de realidad: 98%)

jueves, 3 de mayo de 2007

Salero andaluz

Desde tiempos inmemoriales, los hombres han luchado por el control de la sal. Antiguamente, la gente se mataba por la sal, igual que ahora hacen por el petróleo o por los zapatos en las rebajas. La historia está llena de ejemplos: La guerra de la sal de Perugia, que enfrentó a la ciudad italiana con las fuerzas del Papa Paolo III... Los ataques de los corsarios holandeses a la costa caribeña, para hacerse con la explotación de las salinas... La famosa marcha de la sal de Gandhi que desembocaría en la salida de los británicos de la India... Y las batallas de la sal, en mi casa, a la hora de comer.

El asunto comenzó hace muchos, muchos años. El viejo -y amado por todos- salero de cerámica se rompió. Entonces mi padre compró uno de esos botes de sal Ybarra, que sirven también como salero, para salir del paso. El triste salero cutre, que empezó siendo una solución provisional, acabó convirtiéndose en una entrañable pieza familiar. Le cogimos cariño con los años, sobre todo mi padre, que lo rellenaba cada dos meses con la ternura de quien le cambia los pañales a su retoño.

Pero claro, mi madre (que a veces tiene venadas al más puro estilo de Bree, en “Mujeres Desesperadas”) decidió un día que aquello ya había ido demasiado lejos. Hay que reconocer que el envase/salero de Ybarra, que no estaba preparado para soportar el paso de los años, había degenerado en una cosa desgastada y sucia (aunque más tarde mi padre demostraría que no se trataba de suciedad, sino de una inofensiva corrupción cromática del plástico).

Por eso mi madre decidió comprar un nuevo salero. Uno que fuera moderno, elegante y que hiciera juego con las cortinas. La batalla había comenzado.

Mi padre sostiene que el nuevo salero tienes los agujeros demasiado grandes, que no se puede controlar la sal que echa, y que no piensa usarlo jamás.

Mi madre sostiene que el viejo salero es horrible, que da asco y que preferiría cortarse las manos antes que tocarlo.

Las posiciones son irreconciliables. Ahora somos la única familia que pone todos los días dos saleros en la mesa (el viejo bien escondido detrás de la jarra del agua, para que no le amargue la comida a mi madre). Cada vez que tengo que aliñar la ensalada, la tensión crece. ¿Qué salero escojo? Elija el que elija, mi opción podría ser interpretada como un acto de traición y confabulación con el enemigo. Al final, prefiero dejar la comida sosa.

Los médicos aconsejan no poner el salero en la mesa, para evitar abusar de la sal. Yo creo que lo mejor es poner dos.

Por suerte, la batalla de la sal aún no ha trascendido a otros aspectos de la vida familiar. Mis padres se llevan muy bien, pero estoy preocupado: también los perugianos se llevaban bien con el papa Paolo III.


(Porcentaje de realidad: 92%)

martes, 17 de abril de 2007

Los hijos de Scooby Doo. Capitulo 1: “La llamada telefónica”

Hay historias que merecen ser contadas exactamente como ocurrieron, sin cambiar una coma. Situaciones tan improbables, tan novelescas, que cualquier esfuerzo por adornarlas acaba restándoles eficacia. Algunas historias como la sucedida la noche de ayer merecen un porcentaje de realidad del 100%.

Lulú vive en una urbanización separada de la ciudad, y bastante solitaria. Normalmente, cuando salgo de su casa por la noche, recorro el trayecto hasta el coche en un silencio absoluto. Ayer, sin embargo, encontré a los perros de toda la calle ladrando como locos. A medida que pasaba por delante de cada puerta, escuchaba la voz de los dueños exigiendo silencio con gritos susurrados, que no lograban lo que pretendían. Había luna nueva, y la luz proveniente de las farolas parecía más tenue y artificial que de costumbre.

Al llegar a mi coche, descubrí la razón de tanto ladrido. Alguien había abandonado a tres cachorritos adorables en mitad de la calle: uno negro, otro blanco y otro a manchas. Lloraban desconsoladamente y se habían colocado uno encima de otro formando una montañita de pelo para mantener el calor. Por un momento pensé en hacerme el ciego/sordo: al fin y al cabo, soy un ventrílocuo malvado y tenía que madrugar al día siguiente. Pero pudieron conmigo Bambi, Espinete, Marco y todos los demás dibujitos sin madre que me tragaba cuando era pequeño. Lulú me había contado que la veterinaria que pasa consulta en su urbanización solía aceptar animalitos abandonados, para luego intentar regalárselos a sus clientes. Así que volví a casa de Lulú y le pregunté si sería posible que los guardara esa noche en su garaje, para llevárselos a la veterinaria al día siguiente. Lulú aceptó, como ha hecho siempre (ya ha perdido la cuenta de los animales abandonados que han recogido en su casa). Antes de salir a por los cachorros, fuimos a la habitación de Lahermanadelulú que ya estaba acostada para contarle lo ocurrido y pedirle consejo. La dejamos en la cama y equipados con una enorme caja de cartón y unos guantes marchamos al rescate.

Los perritos no se habían movido del lugar en el que los había encontrado. Lulú los recogió cariñosamente (mmm, estaba adorable), a la vez que decía "oooooh, que cosita, oooooh". Mientras tanto, yo sujetaba la caja con cara de susto. Regresamos a casa rápidamente. Los perros de los vecinos multiplicaron sus ladridos a nuestro paso, hasta que el escándalo se volvió ensordecedor. Confieso que la oscuridad de la noche, el llanto de los cachorros (que parecía de niños) y aquel coro de aullidos que nos perseguía me pusieron los pelos de punta. Pero lo peor aún estaba por venir.

Al llegar al jardín, una imagen me sobrecogió. Había una silueta completamente vestida de blanco de pie frente a la puerta. La figura parecía brillar por la luz de las farolas. Me tranquilicé al descubrir que se trataba de Lahermanadelulú en bata (no es la primera vez que pego un respingo al verla con esa bata caminando por un pasillo oscuro), pero volví a preocuparme al observar la expresión de sus ojos. Estaba muy seria. Parecía asustada.

Lulú, ¿acabas de llamarme por teléfono? preguntó cuando nos acercamos.

Lulú contestó que no, muy extrañada. ¿Una llamada a la una de la madrugada? Lahermanadelulú levantó el teléfono que llevaba en la mano.

Es que ha sonado hace un momento dijo. Ponía “número desconocido”. He descolgado y una voz de mujer me ha dicho:

“Lahermanadelulú, por favor, ábreme la puerta, que estoy en la calle y no tengo llave”.

Lulú y yo nos quedamos paralizados. Soy un tipo escéptico (muy escéptico) pero os juro que en ese momento un escalofrío me recorrió la columna vertebral y noté como se me erizaban los pelillos de las sienes.

Pensé que eras tú continuó Lahermanadelulú, dirigiéndose a su hermana, aunque no entendía por que no ponía tu número... y no estaba segura de que fuera tu voz.

Lo primero era lo primero, así que llevamos a los cachorros al semisótano y les pusimos periódicos y una mantita. Después Lahermanadelulú decidió devolver la llamada.

“El número al que llama está apagado o fuera de servicio” fue la única respuesta a nuestras atemorizadas preguntas.

¿Qué estaba ocurriendo? ¿Por qué aquella voz misteriosa llamó a Lahermanadelulú por su nombre? Si se trataba de una equivocación desafortunada, ¿cómo pudo coincidir justo con el instante en el que parecía probable que Lulú se hubiera quedado realmente en la calle sin llaves? ¿Por qué usó las mismas palabras que Lulú habría usado en esa situación (según confesó ella misma más tarde)? ¿Y por qué la voz era tan parecida a la de Lulú como para engañar a su propia hermana?

Yo tengo una teoría que me parece bastante probable. Creo que hay un... llamémosle “fantasma asesino”, que vivía en la calle de Lulú (yo mismo he notado su presencia muchas noches). Ese espíritu quería entrar en una casa, pero no podía hacerlo a menos que alguien le permitiese pasar después de media noche. De alguna manera, el espíritu creó aquellos cachorritos adorables (utilizando sus malas artes infernales) para conseguir que Lulú saliera de casa. En el momento oportuno, llamó a Lahermanadelulú y le pidió que le abriera la puerta, haciéndose pasar por Lulú... Y ella le abrió. A partir de ahora, sus pasos resonarán por los pasillos cada noche...

Bueeeno, vaaale, quizá no haya sido del todo “científico”... esta mañana me enteré de la verdadera explicación del misterio y me temo que no tenía mucho de paranormal. ¡Pero mi primera teoría era mucho más divertida (sobre todo si hubierais visto las caras de Lulú y de su hermana mientras se la contaba)!

Lo sé, quedan muchas preguntas en el aire: ¿Qué ocurrió finalmente con los perritos? ¿Cuál es esa verdadera explicación de la que os he hablado? ¿Por qué Lahermanadelulú se pone una bata que da miedo? No se pierdan los próximos episodios.

(Porcentaje de realidad: 100%)

miércoles, 14 de marzo de 2007

El péndulo

¿Quién cree en los fantasmas? Yo desde luego no, ni tampoco Lulú, ni mi primo Lucky Luke, ni siquiera Maya. Entonces, ¿por qué desencadenaron aquel terror ancestral los hechos transcurridos la noche del viernes? ¿Por qué no pudimos enfrentarnos a las incógnitas con la mente científica y lógica que nuestras respectivas formaciones académicas nos habían proporcionado?

Esa noche, Lulú y yo paseábamos por el pueblo -entregados a nuestro vicio secreto, los gusanitos- cuando nos encontramos casualmente con Maya, que se dirigía al piso que acababa de alquilar no muy lejos de mi casa. Decidimos acompañarla. Maya había quedado con mi primo Lucky Luke para enseñarle su nuevo hogar y, de paso, envolver (y esconder) algunos adornos dejados por la anterior inquilina. Nosotros tampoco habíamos visto todavía el piso, así que los cuatro nos reunimos a la entrada del edificio, y Maya nos condujo al interior.

Me gustó el piso de Maya, sobre todo el lugar en el que está situado y el enorme salón. Sin embargo, descubrimos que era un piso muy antiguo. Los muebles, los interruptores de la luz, las lámparas… todo tenía un aire vetusto y señorial, y nos recordó un poco a la casa de nuestras respectivas abuelas.

-¡Esto se arregla en cuanto metas todos los cuadros en un cajón! -dijimos a Maya. Y ella, no del todo convencida, asintió con la cabeza mientras abría la bolsa en la que había traído los plásticos para envolver.

-Sí -murmuró- pero lo peor no son los cuadros: estoy deseando quitar ese reloj de pared. Me da mal rollo. Además, está parado, no sirve para nada.

En efecto, el péndulo colgaba inmóvil.

Conseguimos contener la tentación de pasar el resto de la noche reventando las burbujitas de los plásticos y nos dispusimos a deshacernos de los viejos recuerdos. Lucky cogió el tranquillo enseguida. Antes de que nos diéramos cuenta, ya había envuelto todas las figuritas de payasos que había sobre el mueble-bar, los platos decorativos con imágenes victorianas que colgaban de las paredes, un florero, dos vasijas, los cojines y los posavasos. Entre todos, y con gran esfuerzo físico y mental, conseguimos detenerle antes de que envolviera los cubiertos y la taza del water… y estoy seguro de que, si le hubiéramos dejado a sus anchas, habría acabado envolviéndose a sí mismo, y convirtiéndose en una momia viviente, que perduraría eternamente en una esquina del salón, plastificado como Laura Palmer.

La primera sorpresa llegó cuando, simultáneamente, encontramos dos extraños adornos para envolver. Se hallaban en esquinas opuestas de la casa, pero ambos tenían un aspecto similar: parecían urnas para cenizas, como las que se usan en los crematorios. Una de ellas -la más grande- tenía un aspecto sobrio y resistente, podría decirse que “masculino”. La otra, por el contrario, parecía delicada, estaba cubierta de adornos y lazos, y era pequeña y de color rosa.

-¡Vaya! -exclamó Lulú-, ¡parece que acabamos de conocer a los últimos inquilinos!

A Maya no le hizo ninguna gracia. Cogió los recipientes y, tratando de parecer decidida, levantó la tapa. Estaban vacíos.

-¿Lo veis? -dijo-. Aquí no hay muertos, solo aire.

En ese momento nos dimos cuenta de que Lucky llevaba un rato muy quieto, observando fijamente la pared. Todos recorrimos lentamente la trayectoria de su mirada, temerosos de lo que sabíamos que encontraríamos al final:

El péndulo del reloj de pared estaba oscilando.

-¡Hace unos minutos estaba quieto! ¡Estoy seguro de que estaba quieto! -dijo Lucky.
-Es verdad, no se movía -murmuró Lulú con la voz temblorosa-. Maya lo dijo, ¿verdad que no se movía, Maya?

Maya se había sentado en una silla, y se tapaba los ojos para evitar echarse a llorar. En ese momento, Lulú la miró y exclamó:

-¿Y vas a quedarte a dormir aquí esta noche?

Lucky recorría la habitación con la mirada:

-¡Quién sabe dónde estarán las cenizas de las urnas! -Dijo- ¡quizá esparcidas por toda la casa!

Yo intenté hablar, pero fue imposible. Todo el mundo gritaba y tenía los ojos desorbitados. Maya andaba ya en la fase de negación, susurrando: “no, no, no, no…”, y adoptando poco a poco la posición fetal.

Decidí esperar un rato, hasta que se calmaran los ánimos. Supongo que me asaltó el recuerdo del libro que más me gustaba cuando era pequeño. Se llamaba “De Profesión, Fantasma”, y trataba sobre un niño al que contrataban en un viejo castillo para que simulara la existencia de un fantasma, y así atraer a los turistas. Siempre quise ser como aquel niño misterioso, que pululaba por la noche entre los pasadizos, agitando cadenas y encendiendo candelabros. Quizá por eso tardé tanto en confesar que yo, aburrido de envolver adornos, había abierto un poco la caja del reloj hacía unos momentos, y le había dado un toquecito al péndulo, para ver si aún funcionaba. Al fin y al cabo, ¿qué es la vida sin un poco de misterio?

(Porcentaje de realidad: 90%)

jueves, 15 de febrero de 2007

The End




-¿Y cómo dices que se llamaba?

-Cine.

-Ah, ¡qué nombre tan corto, no dice nada! ¿Y en qué consistía?

-La gente se sentaba en una sala enorme, todos apretados. Comían palomitas de maíz y veían historias.

-¿Historias? ¿Cómo en un noticiero?

-No… Eran historias inventadas. Los diálogos estaban convenidos y los movimientos de los pies, dibujados en el suelo. Los personajes trabajaban por contrato, se llamaban actores.

-Deberían llamarse farsantes, farsantes a sueldo. ¡Historias de mentira, válgame Dios!… creo que ahora te aceptaré esa copa. ¿Y dices que la gente pagaba por verlo? ¿Pagaban para que les engañaran?

-Oh, sí, ¡ya lo creo! Los mayores se dejaban engatusar como niños, y los críos perdían la paga del domingo. ¡Pobres ingenuos! Les seducían los ojos enormes y los besos perfectos al abrigo de los violines... eran tiempos extraños, en los que una sola mujer podía enamorar a millones de hombres.

-¿Y qué pasó, como terminó?

-Lo quemamos, ¡lo quemamos todo! Yo mismo arrojé algunos rollos a la caldera. Se consumieron como los pies de la bruja del Este. Los sueños se convirtieron en humo. Pensé que olerían a perfume de mujer, a pólvora de revólver, a bourbon recalentado en un bar de los suburbios… Pero, ¿sabes qué? Solamente olían a plástico chamuscado.

-Te brillan los ojos, viejo. Espera, no te levantes aún, te invito a otra copa. Haremos un último brindis.

-¡Cómo no! Aún llueve. ¡Vacía esa botella, levantemos nuestras jarras, ahoguemos nuestras penas! Brindaría por el azul del cielo en los mares del sur, si no lo hubiéramos carbonizado.

-¿Y por qué entonces? ¿Por el amor? ¿Por los sueños?

-También ardieron.

-¡Por los sueños quemados, pues!

-Por los sueños quemados.

(Porcentaje de realidad: 0%)

miércoles, 7 de febrero de 2007

...o que calle para siempre

El hecho de ser psicóloga no ha librado a Lulú de ciertas excentricidades. La mayoría son rarezas adorables, sin mayores consecuencias, pero hay una que le causa complicaciones a menudo: nunca, bajo ningún concepto, aceptaría entrar en un ascensor. Aunque dentro hubiera un billete de quinientos euros tirado en el suelo, aunque el mismísimo Orlando Bloom fuera el único ocupante, daría igual. Si un psicópata la acorralase en el rellano, y la única salida posible fuera el ascensor, Lulú se daría la vuelta y -muy educadamente- preguntaría:

-Perdona, ¿te importaría seguir persiguiéndome por las escaleras?

Lulú siempre ha vivido en una casa a ras de suelo, así que podía permitirse sin problemas su aversión por los ascensores. Estos días, sin embargo, la manía le está pasando factura. Dos veces por semana, tiene que hacer las prácticas del máster en casa de un niño, que vive nada menos que en una décima planta. Por supuesto, Lulú sube a pie. Por si fuera poco, el aparcamiento está complicado y suele llegar ajustada de tiempo. Cuando la madre del niño le abre la puerta, siempre se la encuentra jadeando en el rellano. Al menos, la persona que abre es una mujer: no creo que yo pudiera soportar encontrarme a una tía buena jadeando en mi rellano dos días por semana.

-Vaya, ¡qué deportista! -le dijo un día la señora, cuando la vio llegar por la escalera.

Lulú le habría explicado que sufre claustrofobia -no tiene ningún reparo en confesarlo-, pero la mujer no le dio la oportunidad (es una de esas señoras muy ahorradoras, a las que no les gusta despilfarrar el aire que han respirado y lo utilizan todo para hablar).

Acerca de este preciso instante quería yo hablaros. Me refiero a esas circunstancias que llegan por sorpresa -y apenas duran un segundo- en las que uno tiene la primera y la última oportunidad de decir algo. Si no la aprovecha, deberá callar para siempre (como en las bodas de las películas). Cuando alguien te ha felicitado por algo que en realidad no has hecho, o bien dices la verdad en el momento o es mejor que no la digas nunca, a menos que quieras crear una situación incómoda. Lulú escogió la opción del silencio.

Por desgracia, la señora no se olvidó del asunto. Cada día, cuando llega Lulú, la mujer vuelve a insistir en lo mucho que la admira por llevar una vida tan saludable, y por su férrea voluntad, que le permite subir a pie incluso los días que tiene gripe. Y Lulú, cada vez más desenvuelta, acepta los cumplidos:

-Es que si no hacemos ejercicio cuando podemos, ¿de dónde vamos a sacar el tiempo? -le dijo el otro día, con todo su desparpajo.

A la semana siguiente, Lulú se encontró a la señora bastante desmejorada. Estaba pálida y huesuda, y se le encorvaba la espalda.

-He seguido tu ejemplo, Lulú -le dijo-. Ahora siempre subo y bajo andando: cuando voy a trabajar, cuando vuelvo, cuando hago la compra, cuando voy a tirar la basura... ¡tú y yo sí que somos chicas sanas!

Por un momento Lulú se sintió culpable. Alguien debería decirle a la pobre mujer que eso no se hace cuando uno vive en un décimo piso. Desde luego, Lulú no iba a ser ese alguien. Ya era demasiado tarde.

(Porcentaje de realidad: 84%)

lunes, 22 de enero de 2007

La guerra de Roger

Hace unas semanas, mi hermano Roger decidió que ya era hora de que dejáramos de ser buenos chicos. Nos habíamos pasado la infancia y la adolescencia llegando a nuestra hora, haciendo los deberes de la escuela y comiéndonos todo lo que nos ponían en el plato. Supongo que mi hermano pensó que hay una edad para ser obediente, y que esa edad había concluido.

El cambio le vino un día cualquiera, así sin más, mientras veía la tele. Fue más o menos así:

Mis abuelos suelen venir a cenar a casa una noche a la semana. Después de la cena, todos nos sentamos frente al televisor, en familia. Rodeados de padres y abuelos, podéis imaginaros el tipo de programas que vemos. Normalmente, mi madre pone documentales culturales, en los que una voz ronca y somnolienta describe los monumentos de Albacete, o los meandros del Pisuerga, o cualquier cosa por el estilo. Algunos días afortunados, lo cambiamos por una película Disney sobre perros y niños, o por una de Cantinflas, si mi abuelo se encuentra especialmente liberal.

Lo más extraño es que, a los cinco minutos de encender el televisor, mi padre se va a su cuarto a tocar la guitarra, y mi madre y mis abuelos empiezan a roncar, por lo que mis hermanos y yo -incapaces de dormir apretujados en un sofá- somos los únicos que se tragan la soporífera sesión televisiva.

¿Que cómo podemos aguantarlo? Me gusta pensar que todo puede llegar a ser soportable si te lo propones de verdad. Solo hay que inventar una vía de escape mental, un exótico lugar interior donde el pensamiento pueda refugiarse. Realmente creí que Roger y yo habíamos encontrado ese lugar. Pensaba que ambos habíamos conseguido crear nuestros respectivos nirvanas, y que nos habíamos vuelto invulnerables para siempre a las noches familiares. Me equivocaba: un día cayó una gota -aún no sabemos desde dónde- y colmó el vaso de Roger.

La verdad es que fue todo bastante extraño. Casualmente ese día mi primo había venido también de visita, y estaba viendo la televisión con nosotros. Mi madre y mis abuelos aún no se habían dormido. De pronto Roger cogió el mando a distancia y -sin consultar con nadie ni demostrar el menor atisbo de duda- cambió de canal. “Tampoco es tan grave” estaréis pensando. Pero es que mi hermano no puso el canal de deportes, ni el de cine, ni tampoco la MTV. Aquel día, con toda la familia pendiente de la tele, y sin escrúpulo alguno, Roger puso la película porno del plus.

Durante dos segundos, todos pensamos que había sido un accidente, y esperamos a que cambiara de nuevo de cadena... pero él no lo hizo. Pasaron cinco segundos, luego diez y luego quince, y aquellos cuerpos neumáticos seguían balanceándose en la pantalla, convulsionándose como epilépticos, mientras los jadeos y los gritos reverberaban por los muebles del salón. Mi primo, mi hermano Goofy y yo nos miramos de reojo, sin girar las caras para no llamar la atención. En la pantalla unos genitales gigantes se frotaban con vigor. Misteriosamente, mis padres y mis abuelos no reaccionaban, así que nosotros nos quedamos muy quietos. Supongo que pensamos que, si no nos movíamos, sería como si el tiempo no estuviera transcurriendo. Noté como una gota de sudor recorría mi espalda. Mi primo estaba blanco y abría los ojos dolorosamente, como diciendo: “¡por Dios, que son los abuelos! ¡Los abuelos!”. Goofy tenía la cabeza tan escondida entre los hombros que pensé que se le iba a dislocar el cuello. Miré a Roger y le supliqué con la mirada, pero él se limitó a sonreir. Creo que, en ese momento, acababa de alcanzar su ansiado nirvana.

Aquel día su rebeldía solo duró un minuto; después volvió a poner el canal de documentales y todo siguió como si nada, como si ese minuto no hubiera transcurrido. Pero la semilla estaba sembrada. En la siguiente visita de mis abuelos, Roger puso una película de autor en inglés -con subtítulos en inglés-, y en la siguiente, una española erótica. En ésta última, mis abuelos no pudieron soportarlo y se marcharon a su casa, con el correspondiente cabreo de mi madre. “Pobre Roger, se le ha ido la olla” pensé, “de tanto ver Cantinflas se le ha trastornado el juicio”.

Sin embargo, ayer vinieron mis abuelos a cenar, y Roger puso “El Muñeco Diabólico”. Todos la vimos hasta el final... fue muy divertido, nadie se durmió, y la familia entera estuvo atenta e intrigada. Me pareció que mi abuela se lo pasaba de maravilla.

-¿Ves? -me dijo Roger cuando los demás se marcharon a dormir-. Solo necesitaban un poco de mano dura.

(Porcentaje de realidad: 80%)

sábado, 13 de enero de 2007

Jackie

Lulú tiene tres gatos en casa, o al menos eso dice: yo solo conozco a dos; al tercero nunca lo he visto, ni siquiera tengo pruebas de que realmente sea un gato. Su nombre es Jackie.

Poco después de conocernos, Lulú me contó su historia:

-Jackie era muy bueno y muy cariñoso -me explicó-, hasta que mi padre lo llevó a esterilizar y a que le quitaran las uñas. Le operó un veterinario joven, con la voz muy ronca, y malos modales. No sabemos qué le hizo, pero debió de ser una carnicería. Desde entonces se volvió muy agresivo. Al final conseguimos que tolerase a los de casa, pero a la gente de fuera... es mejor que no te acerques.

-Quizá si nos vamos conociendo poco a poco... -propuse yo.

-Jackie es muy celoso, no le gustan mis amigos, y tú tienes la voz demasiado ronca -dijo Lulú-. Nunca aceptará a nadie con esa voz.

Así que Jackie se convirtió -para mí- en un espíritu, un gruñido en la habitación de al lado, un ojo brillante escrutándome desde una rendija de la cortina.

Mi relación con Jackie no ha cambiado mucho desde entonces. Cuando voy a casa de Lulú, ella lo encierra en alguna parte, y no lo suelta hasta que me marcho. De vez en cuando, alguien lo libera por error mientras yo aún estoy por allí. Entonces oigo un grito en el pasillo, una voz que exclama: "¡Cuidado, Jackie está suelto, Jackie está suelto!". Lulú sale despavorida, me encierra en la habitación y, desde el otro lado de la puerta, me ruega:

-¡Por favor, no salgas, por lo que más quieras!

Lo que más quiero es a ella, así que le hago caso. Aunque no es el único motivo por el que me quedo escondido: confieso que la palabra "Jackie" me acelera el pulso. Ha dejado de ser el nombre de un gato, y se ha convertido en el de un terror difuso que acecha en el pasillo, agazapado entre las sombras -muy cerca- donde no puedo verlo... Creía que el monstruo que me atormentaba desde el armario de mi dormitorio se había ido para siempre cuando cumplí los nueve años, pero no es así. Ha vuelto y tiene nombre propio.

Algún día me gustaría verlo, cara a cara. Siento que ese bicho y yo somos parecidos, después de todo. Los dos somos malhumorados y egoistas, nos gusta estar tumbados, quedarnos en casa, dormir en el sofá y que no nos molesten; los dos nos odiamos mutuamente; y los dos queremos a la misma mujer.

La otra noche, Lulú y yo dormitábamos en su salón, viendo una película. De pronto oí una tos en el pasillo, y el sonido crepitante de un ronroneo. Cerré los ojos y me arrebujé entre los cojines. Escuché como el ronroneo arañaba la puerta cerrada, con sus patitas sin uñas. Entonces decidí acercarme. Dejé cuidadosamente a Lulú dormida en el sofá y me coloqué junto a la puerta, que es de cristal traslúcido. Pude ver una silueta borrosa contoneándose al otro lado. Él me olfateó y gruñó.

"Hola, Jackie", contesté yo.

Sentí todo su rencor detrás del cristal, ese rencor que crece cada vez que mi olor invade su hogar y a él lo encierran a oscuras durante horas. Pero no, no podía permitirme ser compasivo. "Esto es una guerra por el poder, amigo mío y voy a ganarla" le dije con el pensamiento. "Al fin y al cabo tú solo eres un gato castrado y yo, su novio".

Lulú se despertó en ese momento:

-¡Ay, no le chinches, que se pone muy nervioso! -exclamó.

Lulú me apartó a un lado, abrió unos centímetros la puerta y salió del salón. Percibí fugazmente una cola sedosa que se balanceaba con sigilo. Por el cristal empañado pude ver como Lulú cogía una mancha oscura del suelo y la abrazaba contra su pecho, susurrando:

-Jackie, Jackie ¿Qué pasa, mi niño? ¿Tienes sueño?

Lulú volvió a abrir unos milímetros y me dijo a través del resquicio:

-Ya es muy tarde, será mejor que nos vayamos a dormir. Y el pobre Jackie también necesita acostarse. Se ha puesto malo estos días, no hace más que toser. Creo que me lo llevaré a mi dormitorio.

Gruñí.

-¿Y por dónde salgo yo? -pregunté.

-Espera a que nos hayamos metido en la habitación.

Vi su sombra desaparecer, y aguardé hasta escuchar la puerta cerrarse. Después, salí de la casa intentando no hacer ruido. Estaba oscuro y hacía frío. Vi la luz apagarse en la ventana del dormitorio de Lulú. Me abroché el abrigo hasta arriba y eché a andar hacia el coche.

(Porcentaje de realidad: 90%)

P.D.
¿Alguien sabe cuántos años vive un gato?

martes, 9 de enero de 2007

El loco

No sé cuál es el nombre de mi vecino. En casa le llamamos simplemente "el loco". No se trata de un mote cariñoso, ojalá fuera así. Mi vecino está realmente loco, como una regadera.

El loco vive con su madre y sus hermanos en la casa contigua a la mía. Por las noches se levanta gritando insultos a quien le escuche y lanzando los muebles contra las paredes. Pasa mucho tiempo asomado a la ventana enrejada de su cuarto; creo que su madre le encierra allí durante las crisis. A los vecinos del otro lado, les llama "cerdos" cuando les ve bañando al perro en el patio. Una vez, tiró una botella vacía contra una de las casas de atrás. Los trocitos de cristal se desperdigaron por el suelo de mi lavadero.

Algunas mañanas, muy temprano, el loco sale a la calle y llama al timbre de mi casa mientras aún dormimos. Suele ser en los días de lluvia. Sale sin paraguas, no le importa mojarse. Pulsa el interruptor como un desesperado, quince o veinte veces si es necesario. Entonces todos nos levantamos, y nos reunimos en el distribuidor, lejos de las ventanas, donde no pueda vernos. Estamos muy ridículos, la familia entera en pijama y pálidos como muertos.

Últimamente le ignoramos. Una vez mi madre decidió asomarse, a pesar de que nosotros le insistimos en que no era buena idea. Mi padre se había ido a trabajar muy temprano, y a mis hermanos y a mí no nos hace mucho caso. "A lo mejor se ha quedado fuera de casa sin llaves, pobrecillo, se está empapando" dijo, y abrió la ventana.

-¿Has llamado ya a la policía? -preguntó el loco cuando la vio.
-No -repuso mi madre-, no he llamado a nadie.
-¡Pues llámala de una vez!
-¿Por qué quieres que llame a la policía?
-¡Para que se enteren de todo lo que hacéis! ¡Dejad de dar golpes de una vez! ¡No hacéis más que dar golpes!

Mi madre retrocedió un poco. Una persona menos temeraria habría cerrado la ventana en ese momento; pero mi madre trabaja en una perfumería, de cara al público, así que no se asusta de nada:

-No hemos dado ningún golpe, estábamos todos dormidos -replicó. Se ve que mi madre nunca había escuchado eso de "dar la razón, como a los locos".

El loco guiñó sus ojos llenos de odio, metió la cara entre los barrotes de la puerta del jardín y, con voz lenta y vibrante al principio, replicó:

-En todas partes se dan golpes: se dan y se reciben... ¡zorra! ¡Te voy a matar, vieja! ¡Os mataré a todos! ¡Sois una mierda! ¡Mataré a todo el que salga de esta puta casa!

Mi madre cerró enseguida la ventana, y no pude escuchar bien el resto. Esperamos durante una hora en el comedor, sin ganas de desayunar. De vez en cuando apartábamos un poco la cortina y le buscábamos con la mirada. Él deambulaba frente a la casa, con la mirada fija en nuestra puerta, murmurando para sí.

Llamamos a la policía.

-Policía Municipal, dígame.
-Hola, mi vecino nos ha amenazado, dice que nos va a matar y vigila nuestra puerta.
-En estos momentos no puede atenderle ningún agente, están "haciendo los colegios". Deme su dirección y mandaremos un coche en cuanto podamos.

Al parecer no había ningún policía disponible para reducir a un asesino, porque estaban todos mirando como los niños entraban en el cole. Nos echamos a reír como tontos. La verdad es que nos hacía falta reír.

Media hora después llegó una patrulla. Mi madre, la más intrépida de la casa, recibió a la pareja de municipales.

-Buenos días, señora, usted ha llamado por un vecino que les estaba molestando.
-Sí, hemos sido nosotros. Es un chico que vive al lado, andaba hace un momento por aquí delante.
-Ya, ya... Ya hemos oído hablar de él, señora, no es la primera vez que da problemas.

El otro policía se adelantó un poco.

-Yo aún no lo conozco. ¿Podría decirme cómo es?

Mi madre se quedó pensativa un momento y luego dijo:

-Es joven, lleva el pelo muy corto y una chaqueta marrón...
-Sí, sí, pero... ¿Es más grande que yo?

Mi hermano y yo, que escuchábamos desde detrás de la cortina, nos aguantamos la risa. La verdad es que sí que era más grande que él. El policía que había hablado primero, viendo que perdían el control de la situación, recuperó la palabra.

-Bueno, señora, ¿qué va a hacer usted? ¿Va a poner una denuncia?
-Si pongo una denuncia, ¿le llevarán a un centro en el que puedan ayudarle?
-Verá señora, esto no funciona así. Si hace usted la denuncia, la cosa va a juicio y, si tira para delante, le pondrán una multa.
-¿Y yo para qué quiero que le pongan una multa?
-Pues eso mismo me pregunto yo, señora. Pero ya ve usted, aquí las cosas funcionan de esta forma. No hay, lo que se llama, un cauce legal.

El policía bajó un poco la voz y, a modo confidencial, añadió:

-Le voy a contar mi caso particular: en los pisos de mi madre también había un vecino igual. Todos los días estaba liándola y nada, que no se le podía hacer nada. Hasta que un día cogió el tío y le pegó catorce puñaladas a uno, entonces sí que se lo llevaron. Ya ve, catorce puñaladas, señora, catorce puñaladas tuvo que dar para que un juez lo sacara de allí. Aquí, si no hay catorce puñaladas de por medio, no se hace nada.

Eso fue todo. Los policías insistieron en que les llamásemos tantas veces como fuera necesario y se marcharon. Mi madre cerró la puerta y nos miró con cara de catorce puñaladas.

-Bueno -dijo mi hermano Roger-, por lo menos nos han tranquilizado.

Entonces mi madre fue al comedor, cogió un tazón y lo llenó de cereales special K y leche desnatada. Se sentó y empezó a desayunar despacio. Mis hermanos y yo nos sentamos alrededor de la mesa y la observamos muy serios. Se la veía preocupada. Mientras comía, se miraba fijamente en el espejo del comedor. Se notaba que estaba dándole vueltas a algo.

"Está asustada" me dije. "Es una mujer muy valiente, pero un psicópata acaba de amenazar con matarla. Y también tendrá miedo por lo que nos pueda pasar a nosotros...".

Con la mirada aún clavada en el espejo, mi madre interrumpió mis pensamientos:

-Cuidado que tiene mala idea... -murmuró-. ¡Mira que llamarme vieja!


(Porcentaje de realidad: 100%)

sábado, 30 de diciembre de 2006

Tú también has sido coleccionado

Mi padre es maestro de escuela. Antes de que terminen las clases, en su colegio suelen organizar una excursión al cine para los alumnos. Que yo sepa, no suelen ver películas especialmente educativas. Creo que simplemente les llevan porque, al precio que están las entradas hoy día, los niños tendrían que ahorrar la propina de tres o cuatro años para poder permitirse una.

La película se proyecta en la casa de la cultura. Cuando llega la hora, los niños salen de sus clases y forman en el patio, como un ejército de liliputienses, esperando a que se abra la verja. Los profesores se organizan para blindar la comitiva: uno delante, uno detrás, y otro infiltrado en el grupo (aunque lo delate su metro extra de longitud). Llega la hora, las puertas se abren y las columnas de críos son liberadas. Recorren el pueblo como frágiles culebras, serpenteando de calle en calle, enroscándose en cada esquina. Los coches que pasan por la carretera bajan de velocidad, sobre todo por precaución, pero también porque hace muchos años que no ven tanto crío junto y porque echan de menos formar parte de una culebra de niños.

Entonces es cuando ocurre: Los chavales empiezan a saludar con la mano a todo el mundo. Y la gente que se cruza, encantada de descubrir que se le dan bien los niños, les devuelve el saludo muy sonriente. Algunas personas toman entonces decisiones radicales, como engendrar un hijo o llevar a los que ya tiene a Disneylandia, pero... ¿nunca os habéis preguntado por qué nos saludan?

Un día, durante la excursión navideña, un niño le tiró de la manga a mi padre y, rebosante de satisfacción, exclamó:

-¡Ya me han devuelto el saludo cuarenta y cinco!

-¡Pues yo llevo cincuenta y dos! -gritó otro.

Así es, amigos míos; los niños nos coleccionan. No les caemos bien, ni quieren ser nuestros amigos: simplemente nos contabilizan y nos añaden al marcador de su extraña competición. Saludarían al mismísimo diablo si eso les diera un punto más.

Cuando lo descubrí, reconozco que me sentí un poco decepcionado. Decidí no volver a responder a los saludos, por mucho que agitasen sus manitas. Con el tiempo, sin embargo, me he ido ablandando. Es imposible no decir hola. Al menos intento contestar solo a los niños más canijos, feos y paliduchos, a los que apenas se atreven a levantar un poco los dedos con la mirada ceñuda. A esos pobres no les suele saludar nadie y pierden la competición todos los años. Siempre me ha caído mejor la gente que pierde.

En fin, no voy a deciros lo que tenéis que hacer. Sois libres de saludar o no, allá vosotros con vuestra conciencia. Me limito a advertir del verdadero espíritu materialista y competitivo de tal acto. La elección es vuestra.


Durante la última visita al cine, mientras toda la escuela cruzaba un paso de peatones, un viejecillo se le acercó a mi padre:

-Ya podía venir otra vez Herodes, ¿verdad? -murmuró, entre risitas, a la vez que apuntaba a los niños con la barbilla.

La Navidad inspira, en ocasiones, extrañas observaciones. Espero, al menos, que no se tratase del rencor causado por los falsos saludos.

(Porcentaje de realidad: 75%)

viernes, 22 de diciembre de 2006

Villancicos en las calles

Alguien en el ayuntamiento de mi pueblo ha tenido la entrañable idea de llenar las calles de altavoces con villancicos. Lo más curioso es que la mayoría de los villancicos no son españoles; parecen canciones norteamericanas, para toda la familia, como las que se escuchaban en las películas de Hollywood de los años cincuenta.

Ayer por la mañana tenía que llevar a correos el coche a escala que vendí en eBay. Cuando iba caminando por la calle, con el abrigo abrochado hasta la garganta, el gorro, los guantes, y una caja enorme con un precioso juguete... oh, bueno, ya sabéis: me sentí navideño... Soy ateo pero, ¡qué demonios! El niño Dios ha nacido, llenémonos de gozo. Volveré a renegar de mi fe en enero.

El caso es que iba con mi paquete debajo del brazo, respirando el humo de las castañas, escuchando esos villancicos cinematográficos, y pensé: ¡pues va a ser que sí que es bello vivir! Supongo que veo demasiadas películas americanas, porque de pronto me sentí como si estuviera dentro de una de ellas. Como si acabara de salir del tribunal en el que absolvieron a Santa Klaus, después de volcar sobre el estrado las sacas con las cartas de todos los niños.

Había cola en correos.

-¡Ha visto qué día tan maravilloso hace! -le dije a la señora que esperaba delante de mí-. ¿No nota como el espíritu navideño recorre los corazones? Hay árboles decorados en toda la ciudad, luces de colores volando sobre los coches, y un Papá Noel en cada esquina. ¿No percibe usted la magia que flota en el ambiente? Oh, todo puede ocurrir en Navidad, ¿no le parece?

La señora me miró durante un rato a los ojos y finalmente dijo:

-Por andar diciendo tonterías se nos han colado dos.

-¡Caracoles! -repuse yo.

(Porcentaje de realidad: 70%)

P.D. ¡Ya soy libre!

lunes, 18 de diciembre de 2006

Love you

En los años que dediqué a la bohemia y el malvivir -cuando vivía en aquella casa del casco viejo de una ciudad del sur-, solía bajar casi todas las tardes a tomar una copa con mi amiga Margaret Rose (esa que ahora desbanca mis libros de todos los escaparates, bajo un seudónimo que aún no he aprendido a deletrear). Durante uno de aquellos encuentros, me confesó que nunca, en toda su vida, había declarado su amor por nadie.

-Entonces -volví a preguntarle, incrédulo-, ¿de verdad nunca has dicho las palabras "te quiero"?

-Una vez estuve a punto -contestó ella-. Fue aquí mismo, en una mesa de este bar. Pero en el último momento, en vez de decir "te quiero", dije "quiero té". No nos juramos amor eterno, pero las pastas estuvieron deliciosas.

A. S. Littlesand. "Memorias".

(Porcentaje de realidad: 0%)

sábado, 16 de diciembre de 2006

eBay

El otro día conseguí vender un coche de juguete en eBay (ya sabéis, la famosa casa de subastas en Internet). Me sentía muy orgulloso de mi mismo, por haber logrado introducirme en el fascinante mundo de los negocios digitales. Por eso, en cuanto llegué a la tetería en la que había quedado con mis amigos, no pude evitar contárselo a todos. Al notar mi entusiasmo, el primo Jerry (que en realidad no es mi primo, sino el de Lulú), meneó la cabeza.

-Ten cuidado con esas cosas -murmuró-. Uno empieza jugando pero...

A todos nos hizo mucha gracia tanta seriedad, pero él añadió:

-¿Nunca os he contado la vez que puse mi alma a la venta en eBay?

Se nos quedaron los ojos como platos.

-Fue hace cosa de tres años -continuó el primo Jerry-. Me metí en eso de eBay para librarme de unos cuantos trastos: una consola de videojuegos, una bici... cosas así. Parecía muy divertido. Hice las fotos de todos los objetos, escribí con cuidado sus descripciones y, finalmente, publiqué los anuncios en la página web.

»Acababa de poner el último anuncio cuando me apareció un cartel en la pantalla, informándome de que, en ese instante, comenzaba una promoción especial: hasta las doce de la noche salía gratis poner un nuevo anuncio. “Qué lástima” me dijé, “justo ahora, que ya no me quedan objetos que anunciar”. Empecé a pensar en qué otra cosa podría vender y -cómo no se me ocurría nada- decidí hacer una gracia: “pondré un anuncio vendiendo mi alma”.

»Me di cuenta de que no tenía una foto de mi alma, así que salí a la calle y fotografié mi propia sombra, sobre las baldosas del jardín. Supuse que podría servir. Le di un precio de salida de 3000 euros (¡qué menos!), y en la descripción escribí:


"Vendo alma en perfecto estado, casi sin usar."

»
La mayoría de los objetos que había puesto a la venta salieron muy bien. En concreto, un mantelito de punto, que había tejido mi abuela, subió hasta los doscientos euros. Ya me había olvidado de mi último anuncio cuando llegó al buzón de mi “cuenta eBay” una consulta de un posible comprador, una tal “Luzy”. Su mensaje decía algo así como:

“En referencia al anuncio por la venta de su alma, me gustaría saber si se trata de un alma pecadora o si, por el contrario, se encuentra limpia. Agradezco de antemano su sinceridad y atención. Un saludo”.

»Me hizo mucha gracia, así que le contesté:

“El alma de la que tratamos (es decir, la mía) se encuentra en perfecto estado, tal como puede apreciarse en la foto. Solo tiene ligeros pecados veniales, nada que no se pueda quitar con un poco de jabón Lagarto y una balleta.”

»La subasta por mi alma llegó al último día sin una sola puja. Dos minutos antes de que concluyera, Luzy hizo una única oferta por el precio mínimo. No necesitó más. Había comprado mi alma por la módica cantidad de 3000 euros. Me pareció extraño que hubiera pujado. No sé si sabéis que en eBay existe un sistema mediante el cual los vendedores y los compradores se evalúan mutuamente: Cada vez que concluye una subasta, el comprador ganador le da un voto positivo, negativo o neutro al vendedor, y lo mismo ocurre en sentido contrario. De esta forma, los demás usuarios detectan rápidamente a los vendedores o compradores fraudulentos. Los usuarios de eBay no suelen pujar en broma, pues se toman muy en serio los votos. Al ganar mi subasta, la tal Luzy se arriesgaba a recibir un voto negativo.

»Me disponía a ponerme en contacto con Luzy para decirle que la broma estaba yendo demasiado lejos cuando me percaté de que se había iluminado el icono de “pago recibido” en el anuncio de mi alma. Al día siguiente, a primera hora, pasé por el banco para confirmarlo: en efecto, alguien había ingresado 3000 euros en mi cuenta corriente. Intenté devolverlo, pero en el banco me dijeron que era imposible, porque el ingreso se había hecho directamente en caja y no tenían los datos de quien lo había relizado. Cuando volví a casa comprobé una vez más mis mensajes, intentando averiguar qué es lo que estaba ocurriendo. Alguien me había dado un voto positivo. Junto a mi nombre aparecía el dibujo de una estrella, el símbolo de los buenos vendedores. Y un poco más abajo, Luzy había escrito:

“Vendedor responsable y amable en el trato. El producto se ajusta a lo esperado. Muy recomendable.”

Cuando concluyó su historia, el primo Jerry se quedó callado, con la mirada baja, perdido en sus pensamientos.

-¿Y en qué te gastaste el dinero? -pregunté yo, intentando quitarle hierro al asunto.

-Oh, bueno, en realidad no me lo he gastado -repuso Jerry, distraido-. Aún tengo la esperanza de poder devolverlo.

(Porcentaje de realidad: 66%)

Una noche solo para chicas

-Es una noche solo para chicas -me explicó Lulú, mientras terminaba de perfilarse los labios frente al espejo. Y yo, tirado en su cama y haciendo como que no la miraba, me encogí de hombros y repuse:


-Y eso, ¿qué significa? ¿No puedo ir?
-Oh, claro que puedes. Pero, ya sabes, es una de esas noches para chicas.


Le dije adiós al cristal trasero de su coche mientras se alejaba, y fui a mi cuarto a buscar las zapatillas y el pijama. ¿Una noche solo para chicas? ¡Qué tontería! En algún sitio tendrán que meterse los chicos, ¡digo yo! ¡Cómo si pudieran hacernos desaparecer!


Recorrí en dos minutos todos los canales del satélite, me lavé los dientes, tomé un vaso de leche con galletas, me volví a lavar los dientes... Últimamente abuso de las deliciosas galletas de chocolate.


A las once y media llamaron al timbre. “Lo sabía” pensé, “no puede vivir ni media hora sin mí”.


No era ella, sino mi primo. Me pareció poco educado preguntarle qué pintaba en mi casa a aquellas horas, pero él contestó de todas maneras:


-Ya sabes, es una noche solo para chicas -dijo.


Le dejé pasar y me di cuenta de que él también estaba en pijama. Terminábamos de darle otro repaso desganado a la programación televisiva cuando se presentaron unos amigos. Luego llamaron a la puerta mis vecinos, después los vecinos de mis vecinos y, finalmente, empezaron a llegar un montón de tipos a los que no conocía. Mi casa se fue llenando de tristes varones, en pijama y zapatillas, con las manos en los bolsillos y la mirada solitaria.


Busqué a mi primo que -aplastado por la multitud- intentaba respirar en una esquina.


-Así que esto es lo que hacemos los chicos en las “noches solo para chicas”... -observé-. Nos quedamos en casa.


(Porcentaje de realidad: 22%)