lunes, 30 de julio de 2007

Debí nacer capricornio

Han tenido que pasar muchos días para que mi aterrorizada mente se atreviera a remover -una vez más- el asunto de la fiebre. Supongo que ahora que las sospechas han quedado por fin disipadas puedo deciros oficialmente que no me voy a morir.

El caso es que fui al médico. Lulú me acompañaba. Mi médico pasa consulta en un chalet muy antiguo, de techos altos, ambiente rancio y decoración vetusta. Algunos retratos de su célebre padre (otro médico de renombre) te observan ceñudos desde las paredes. Mal rollo de sitio…

Nos hizo pasar muy educadamente, y nos dio la mano a cada uno (por un momento pensé que a Lulú se la iba a besar). A mí, de entrada, se me puso el tono repelente, con las eses sobrepronunciadas, que me entra cuando intento parecer formal. Me pidió que le describiera los síntomas y así lo hice: fiebre. Solo fiebre. Se pasó media hora apuntando eso (el nombre científico de la fiebre debe de ser larguísimo). También le expliqué que habíamos estado en un camping cerca de la frontera de Cádiz, por si pudiera tener algo que ver. En ese momento dejó de escribir y me clavó la mirada. Me pareció que contenía la respiración y retrocedía un poco en su butaca.

-¿Han estado ustedes en el camping de San Roque? -exclamó-. ¿Ese en el que se ve una caravana en la montaña al acercarse por la carretera?

Lulú y yo nos miramos de reojo y descubrimos nuestras respectivas palideces. ¡Oh, dios mío, nuestro camping era el foco de una epidemia mortal, cuyas consecuencias habían llegado a los oídos de todos los médicos del país! Nos dimos la mano esperando la fatal revelación, pero el doctor solo dijo:

-Es un sitio precioso.

Y siguió escribiendo. Al cabo de un rato se detuvo y me preguntó:

-¿Ha estado usted en contacto con cabras?
-Pues no -contesté yo-. Pero bebí en una fuente, en Ronda, en la que no ponía que el agua fuera potable.
-Y en esa fuente… ¿vio usted cabras?
Miré a Lulú, y ella se encogió de hombros.
-Creo que no -dijo-, pero vi algunas vacas.

El doctor movió el bolígrafo en círculos, como diciendo “vacas, ¿a quién le importan las vacas?” y siguió escribiendo a toda velocidad. Lulú me hizo un gesto con la cabeza.

“Venga, díselo” susurró.

“Está bien, está bien”, le contesté yo con un movimiento de manos.

-No creo que sea importante pero… ayer me desperté con una araña enorme en la camiseta. He oído que hace poco murió alguien de una picadura de araña…

-¿La araña le mordió?
-Yo creo que no, pero a lo mejor mientras dormía…
-¿Vio usted excrementos de cabra en el camping?
-Pues no.

Siguió escribiendo un rato y después me hizo pasar a otra habitación en la que tenía una camilla y otros chismes de médicos. Me dio unos golpecitos en la cabeza (lo hace cada vez que voy, creo que intenta comprobar si sigue sonando a hueco), me pesó en una báscula y me miró la fiebre. Después volvimos al despacho.

-¿Ha estado usted cerca de la pista de hielo del pueblo? Ya sabe, por lo de la legionela…
-Últimamente solo una vez. Pasé por la calle de al lado hace unas semanas.
-¿Y ha tomado leche de cabra?
-No.
-¿Y algún derivado? ¿Queso de cabra?
-No sé… he comido el queso del Mercadona.

El doctor se rascó la barbilla.

-Está bien. No vuelva a beber en una fuente de un pueblo, ni siquiera cuando ponga que el agua es potable. Cómprese una botellita. Y vaya usted a hacerse unas radiografías para descartar la legionela. Buenas tardes.

“Mmm…” pensé “legionela, esa enfermedad mortal, ¡que guay!”

-Una preguntilla, solo por curiosidad -dijo Lulú-. ¿Qué tienen que ver las cabras?

Yo ya me había levantado y me disponía a marcharme. Para mí era muy evidente el porqué de las preguntas sobre cabras; pero me detuve a escuchar la respuesta, para asegurarme.

-Hay una enfermedad, cuyo único síntoma es la fiebre, que solo transmiten las cabras.

A la salida, Lulú me miró extrañada.

-No tenías curiosidad por lo de las cabras.
-Creía que intentaba averiguar por qué estoy como una chota.

Al día siguiente me hice las pruebas y resultó que no tenía legionela. Tampoco me ha dado por balar ni por pacer, así que el médico terminó por descartar la gripe caprina. En resumen: la próxima vez que me suba la fiebre, me voy a ver a mi abuela para que me de unas hierbas del pasmo. ¡Ea!

(Porcentaje de realidad: 92%)

miércoles, 18 de julio de 2007

La Tarantela

Parece ser que la fiebre ya se ha solucionado, aunque me temo que no puedo agradecérselo a los médicos. Supongo que hay que ir a verlos, por si acaso, pero la verdad es que la mitad de las veces, o no saben lo que tenemos, o no saben como se cura. ¿Sabíais que, por ejemplo, algo tan insignificante como las llagas de la boca no tiene tratamiento?

De todas formas, fui a mirarme lo de la fiebre. Lulú me insistió, porque había ciertos factores preocupantes. El día anterior al comienzo de los síntomas, habíamos regresado de un viajecito a un camping de Cádiz (para celebrar el final de los exámenes), en el que se habían producido dos situaciones potencialmente mortales:

En primer lugar, habíamos bebido agua en una fuente de Ronda -que más bien parecía un abrevadero-, en la que no sabíamos si el agua era potable. Es una práctica nada recomendable, pero no habíamos podido contenernos: El calor era tan agobiante que hasta las cigarras sonaban como si tuvieran la garganta reseca… ¡y aquel chorrillo salía tan fresquito y retozón! La única precaución que tomé fue acercarme a unos abuelos que había allí al lado y preguntarles si se podía beber.

-¿Ein? ¡hi aro! -contestó uno de ellos, que, en el idioma local, significa: “¿Perdón, cómo dice? Ah, desde luego, el agua es potable”.

Cuando ya habíamos sumergido todas las partes sumergibles de nuestros respectivos cuerpos, y habíamos bebido suficiente agua como para rellenar el aljibe de mi casa, nos dimos cuenta de que los dos viejecitos estaban muy sonrientes. Al pasar delante de ellos para marcharnos, uno exclamó:

-¡Está fresquita, eh! ¡Es que es una alegría!

En ese momento me acordé del extraño sentido del humor que gusta en los ambientes rurales españoles, y que Gila retrataba tan bien cuando decía: “sí que le matamos un hijo pero, ¡si no sabe aguantar una broma que se vaya del pueblo!”. Mis dudas sobre la potabilidad del agua se volvieron mucho más inquietantes.

Este hecho ya era digno de preocupación por sí solo, pero no era el único. No podemos olvidarnos de… LA CRIATURA.

Al levantarme a la mañana siguiente en la tienda de campaña, después de mis estiramientos y bostezos de rigor, me volví para saludar a Lulú.

-¡Sal de la tienda! -gritó ella.

Ya sé que mi aliento mañanero no es agua de rosas, pero aquello me pareció un poco excesivo.

-Pero…

-¡Tienes una araña en la camiseta! ¡Corre, sal, sal de la tienda! ¡No, no, no te toques! ¡Sal de la tienda, sal de la tienda! ¡Que SALGAS DE LA TIENDAAAAA!

Supongo que yo todavía estaba dormido porque, por más que me miraba, no veía a la araña por ningún lado. “¡Mujeres!” pensé, “¡cómo se pone por una arañita de nada!”

Así que abrí lentamente la cremallera, saqué una pierna de la tienda, luego la otra, esperé a que terminaran de crujirme todas las vértebras… si alguien ha descubierto la forma fácil de salir de una tienda de campaña, que me la explique.

-¡Pero sal de una vez, que se va a meter en los sacos! -insistía Lulú

-Ay, no te pongas así -dije-, que solo es una araña, que no me va a co… co… ¡Joder!

En ese instante descubrí a la criatura. Pero ya no estaba en mi camiseta, sino que se había mudado un poco más abajo. No le deseo a nadie la sensación de levantarte por la mañana y encontrarte una tarántula en los testículos. Por suerte, allí estaba la heroica Lulú para salvar mi entrepierna, armada con una chancla y sin miedo a utilizarla. Tomó carrerilla y lanzó una estocada fabulosa: potente, rápida y mortal. ¡Y casi le da a la araña! Casi… Pero no os preocupéis, al cuarto intento acertó (reconozco que hubo unos segundos en los que pensé en darle otra chancla a la araña para que intentara quitarme a Lulú de encima)

Finalmente conseguimos capturar a la Criatura en un tarro de salsa bolgnesa, y nos convertimos en un espectáculo ambulante, enseñando nuestra presa a todo el mundo por el camping (si nosotros no íbamos a dormir esa noche, los demás tampoco). He aquí un retrato del animalito. Os prometo que no es de goma:


A mí jamás se me habría pasado por la cabeza que una picadura de este bicho pudiera enfermarme. Yo creía que, en todo caso, me proporcionaría superpoderes arácnidos en los genitales, pero Lulú pensó que podía estar relacionado con la fiebre.

Sometido a tantos y tan graves factores de riesgo, y teniendo en cuenta que mi estado febril no estaba acompañado de dolor de garganta ni de ningún otro síntoma tranquilizador, Lulú me convenció para someterme a un examen médico. Lo que yo no me esperaba era que a mi médico se le fuera a ir tanto la pelota (seguramente debido a un excesivo consumo de capítulos de House). Al final iba a resultar que, en lugar de convertirme en el hombre araña, me iba a convertir en el hombre cobaya.

(continuará...)

(Porcentaje de realidad: 94%)

lunes, 9 de julio de 2007

Blade running

Las personas tendemos a creer que todos nuestros problemas se solucionarán en un día concreto, a una hora determinada. Nos gusta concentrar todas nuestras expectativas, como si la felicidad fuera una meta tangible y nítida, de la que solo nos separa una porción de tiempo. Puede ser la jubilación, las vacaciones o el día en el que tu amante deje por fin a su mujer. ¿Cómo es posible que nadie prevea lo que realmente ocurrirá cuando llegue ese día? ¿Es que la experiencia no sirve para nada? Las personas somos mentirosos muy hábiles, sobre todo cuando se trata de engañarnos a nosotros mismos. De alguna manera, conseguimos olvidar lo qué ocurrió la última vez que alcanzamos nuestros sueños: Nada. No ocurrió nada.

Aquí estoy yo, dándole al “refresh” del navegador, esperando que aparezca, de una vez por todas, la última nota de mi carrera. Esperaba sentirme… distinto... y así es, pero solo porque tengo fiebre.

“El final de una época, la frontera de lo desconocido” me repito mentalmente, intentando provocarme alguna reacción: un hormigueo en el estómago, un poco de excitación nerviosa, ¡algo! “Futuro” pienso, pero no es la palabra emocionante y evocadora que aparece en las novelas de ciencia ficción, sino una especie de cita con el dentista, enredada en decisiones y responsabilidades.

Me daré un plazo. Un día de estos se me encenderá una chispa en el dedo gordo del pie y echaré a correr por el pueblo gritando: “¡Libre, libre, libre!”. Quizá la gente no se equivoca tanto, después de todo. Quizá mí vida sí que va a ser perfecta a partir de hoy. A lo mejor solo necesito tiempo para asumirlo y algo que me baje la fiebre.

(Porcentaje de realidad 100%)

jueves, 31 de mayo de 2007

¡Vota a Cristo!

El fin de semana pasado tenía que estudiar para dos exámenes, terminar una relación de ejercicios y programar catorce métodos numéricos. Era imposible que me diera tiempo a todo, así que decidí hacer solamente lo que más urgía: irme con Lulú y mis amigos a una casa rural.

Para elegir un destino, estuvimos un buen rato dando vueltas y sopesando todas las opciones, hasta que nos dimos cuenta de que solo se nos había ocurrido una: Fuente de Piedra. La jefa de Maya le había recomendado poco tiempo antes una casa en aquel pueblecito. Como los jefes nunca mienten, hicimos caso y la alquilamos el fin de semana.

Las minivacaciones dieron para mucho. En concreto dieron para tres posts en este blog, de los que -de momento-, solo he escrito el título:

- “El octavo pasajero” ó “Un día en la vida de un muerto”

- ¡Vota a Cristo!

- “Flamencos: el Lago Ness de Fuente de Piedra”

Puesto que no me da tiempo para todo hoy (por alguna misteriosa razón se me ha acumulado el trabajo), tendré que conformarme con escribiros uno cortito:

¡Vota a Cristo!

Seguro que, ante este sugerente título, todos esperabais una implacable metáfora, o unas profundas reflexiones acerca de la política, la religión, la vida, el universo y todo lo demás. Pues no señores, me temo que se trata de algo mucho más literal: Cristo se presenta a las elecciones en Fuente de Piedra y pide tu voto.


Ante este hecho insólito solo se me ocurre preguntarme:

a) ¿No estaría más a su nivel presentarse para Jefe Supremo del Universo, en lugar de para alcalde de Fuente de Piedra?

b) Teniendo en cuenta la omnisciencia de Dios, ¿podemos seguir confiando en la confidencialidad del voto?

c) ¿Por qué Cristo tiene ahora esa cara de panoli, con lo guapo que salía en los crucifijos?

d) ¿Pero Dios no era del PP?

Por otro lado, tengo la impresión de que el eslogan “Vota a Cristo, lo mejor para nuestro pueblo”, no exprime lo suficiente el potencial del candidato. Aprovechando que teníamos mucho tiempo en la casa rural, estuvimos pensando algunos eslóganes más apropiados. Por ejemplo:

- Vota a Cristo: Es mejor que votar al diablo.
- Vota a Cristo... o irás al infierno (a mí éste me parece el más convincente).
- Vota a Cristo: La izquierda de Fuente de Piedra. La derecha de Dios.

Ni que decir tiene que, a pesar del eslogan original, Cristo ganó las pasadas elecciones municipales. De todas formas, si tenéis alguna otra sugerencia, dejádmela en los comentarios. Intentaré hacérsela llegar en mis oraciones.

(Porcentaje de realidad: 98%)

miércoles, 23 de mayo de 2007

Cosas de las que he estado seguro alguna vez y han resultado ser falsas

(Entre paréntesis, la fecha en la que descubrí que me equivocaba)

  1. Se dice "jarsey" y no "jersey" (1986).
  2. Los chococrispies serán mi comida favorita siempre (1989).
  3. Oliver y Benji será considerada algún día como la mejor serie de todos los tiempos (1993).
  4. La vida es justa (1995).
  5. Aprobaré el carné de conducir a la primera (1999).
  6. Es imposible que se llene mi disco duro de cuatro gigabytes (2000).
  7. De mayor tendré una casa en propiedad (2001).
  8. Al final, Mónica, de "Friends", conseguirá quedarse embarazada (2005).
  9. Lulú nunca se fijará en mí (2005).
  10. Puedo mantener el blog actualizado incluso en época de exámenes (2007).
(Porcentaje de realidad: 100%)

P.D.: Me duele en el alma (como una herida infectada y supurante) no poder actualizar el blog como es debido. Lo tendré muy complicado hasta finales de Junio. Prometo volver a publicar a un ritmo aceptable para entonces. Un abrazo y gracias por vuestra paciencia... si la tenéis. Si no, pues nada.

martes, 15 de mayo de 2007

Estoy en la parra

El domingo pasado tuve mi segunda boda. No, no me casé yo, sino la prima de Lulú. Aquí en Málaga la gente se pasa la vida de boda en boda y tiro por que me toca, pero a mí no me invitaban a una desde los siete años. Creo que hay personas con mi edad que han acudido a más bodas como novios que yo como invitado.

La cuestión es que me puse nervioso. Sí, ya sé que no era mi boda, pero también era un día importante para mí. Era la primera vez que me reunía con todos los parientes de Lulú. Iban a presentarme a muchas personas, y tenía que causar buena impresión. Me tenía que disfrazar de hombre adulto, con zapatos y americana, lo cual siempre me hace sentir muy avergonzado. Y, lo peor de todo: tenía que llevar a la familia de Lulú en el coche (incluyendo a su hermano, que es taxista). Creo que ya os he hablado alguna vez de mi fobia a llevar a gente en el coche. Cuando tenía dieciocho años estampé un cochecito de pedales contra un renault 19, y le destrocé la puerta. Yo llevaba de pasajeros a mis nuevos amigos (y amigas) universitarios, a los que quería impresionar. Desde entonces, me dan sudores cuando me toca hacer de chofer.

Por si fuera poco, la noche anterior el novio me había encargado el trabajo de DVD-jockey de la boda. Me había entregado un proyector y un reproductor de DVD, y me había pedido que los intentara hacer funcionar durante el banquete. Querían proyectar una especie de álbum fotográfico multimedia, que una amiga de los novios había preparado. Ni que decir tiene que yo no sé nada de DVD’s, ni de vídeos, ni de amplificadores de sonido, pero -como en toda buena película de enredo- decidí que lo mejor era no confesárselo a nadie y hacer el ridículo el día de la boda.

Andaba yo preocupado con estas tonterías, cuando la novia entró en la iglesia, con la marcha nupcial sonando de fondo. Intenté olvidarme del cada vez más inminente enfrentamiento con el DVD, y del hecho de que había conducido hasta allí como si tuviera noventa años y estuviera borracho. Tenía que comportarme como un hombre hecho y derecho, que Lulú viera que soy un novio todo-terreno y que me puede llevar también a las reuniones de los mayores. No tuve mucho éxito.

Para empezar, estaba tan embobado que se me olvidó que ahora soy ateo y me santigüé cuando el cura lo mandó. Eso no contribuyó demasiado a mejorar mis nervios, y añadió un toque de culpabilidad (santiguarse para un ateo es pecado mortal). Lo estaba aceptando cuando comenzó la lectura del salmo responsorial. ¡Oh, desafortunado destino!... ¿Por qué? ¿Por qué tuvieron que elegir aquel pasaje?

...Comerás del fruto de tu trabajo,
serás dichoso, te irá bien.
Tu mujer, como parra fecunda,
en medio de tu casa...

Claro, después de darle muchas vueltas caí en la cuenta de que había dicho parra fecunda. Pero lo que yo entendí en aquel momento fue: ...Tu mujer, como perra fecunda...

En fin, una frase desafortunada, combinada con los nervios, tiene fatales resultados: me dio un ataque de risa. Juro que hice lo que pude por contenerlo. Me mordí la lengua, me clavé las uñas y hasta intenté imaginarme a mis padres muriéndose en un accidente de tráfico (en el que yo conducía). No sirvió para nada. Ahora, toda la familia de Lulú debe de pensar que soy idiota... y no andan muy desencaminados.

Después de mucho esfuerzo, conseguí contener la risa lo suficiente como para darle una explicación a la hermana de Lulú.

-Ji, ji, Perdona -susurré-, es que ji, ji, cuando ha dicho ji, ji, ji, ji, parra fecunda, ji, ji, ji yo he entendido ji, ji, ji, ji, ji, ji, ji, ji, yo he entendido ji, ji, ji, perdona, ya, ya... ji, ji, yo he entendido perra fecunda, ji, ji, ji, ji, ji, ji, ji, ji, ji, ji, ji.

La hermana de Lulú asintió despacio.

-Ya decía yo que no podía ser... -murmuró-. Yo había entendido guarra fecunda.

En fin, al menos en las bodas españolas no se dice aquello de “si alguien conoce alguna razón por la que este hombre y esta mujer no deban unirse...” Seguro que mi estrepitosa carcajada habría coincidido exactamente con ese instante.

(Porcentaje de realidad: 94%)

P.D. Lo del DVD salió muy bien. Mi eterno agradecimiento al verdadero disc-jockey del hotel, que se apiadó de mi alma y me explicó que el cable rojo va en la clavija roja, y el cable amarillo, en la clavija amarilla.

martes, 8 de mayo de 2007

¿Tú sabes como se llama salchicha en España?

Ya sé lo que quiero ser de mayor. De pequeño quería ser granjero, hasta que me enteré de para qué se alimentaba a los animales en las granjas. Por entonces pensaba que las granjas eran una especie de parque de atracciones para cerditos. Cuando descubrí que en realidad se parecían más a campos de concentración, me replanteé mis opciones y decidí que quería ser veterinario. ¡Alguien que curaba a los animales no podía ser malo! Entonces me explicaron que los veterinarios se dedican a ir a las granjas para dar el visto bueno a la ejecución de los cerditos. Ser el cómplice de guante blanco en semejante barbarie tampoco era lo que yo había soñado. Poco después, a alguien se le escapó que Santa Klaus eran los padres, y mi comprensión del verdadero funcionamiento del mundo se hizo total. Había descubierto la realidad: que no hay cuchara y que, aunque la hubiera, seguramente alguien la usaría para matar cerditos. Dejé de escribir a Santa Klaus y juré no comer nunca carne de cerdo (me limitaría a los choco-crispies y a las salchichas Oscar Mayer que, como todo el mundo sabía, crecían en las baldas de los supermercados).

Al mismo tiempo, desapareció de mi mente todo indicio de ambición: de mayor no quería ser nada. El trabajo por el que yo sentía vocación (jefe de un parque de atracciones para cerditos) no existía, así que cualquier otro trabajo sería una segunda opción, sin ningún interés. Con esta indiferencia existencial llegué hasta la edad adulta. O, mejor dicho: hasta el domingo pasado.

Mi amiga Maya es medio alemana (bueno, solo es medio alemana en los gustos gastronómicos; para todo lo demás es solo un 15% alemana, según ella). Por eso, el domingo se le ocurrió llevarnos a un bar de alemanes, en el que ponen la mejor salchicha con chucrut (sauerkraut, para los puristas) de la zona. Puesto que la salchicha no es incompatible con mis creencias alimenticias, me pareció una idea estupenda.

Cuando llegamos, descubrimos que éramos los únicos españoles. Mejor: la inmersión cultural sería más auténtica. Nada más sentarnos, apareció el dueño del bar. En realidad, noté que se nos había acercado porque su sombra, proyectada sobre la mesa, nos había sumido en una inquietante semipenumbra. Extrañado, giré la cabeza y me encontré su inmensa figura. Era un alemán enorme, alto y gordo, curtido, rubicundo y con la piel de color rojo brillante, por tanta cerveza. Acojonaba un poco, para entendernos. Le pedimos las bebidas y él tomó nota muy educadamente. Ya se marchaba cuando Maya le preguntó por las salchichas. En ese momento su rostro se iluminó (más todavía):

-¡Querrrréis salchichaaags! ¡Tengo salchichaaags muy buenas, traigo de AAAlemania, aquí no poderrrrr compraharrr!

En ese momento, viendo su sonrisa y escuchando las voces de felicidad que pegaba, comprendí que la mejor forma de hacerse amigo de un alemán es pedirle una salchicha. El hombre vino con nuestras raciones, y dejó un tubo de mostaza en la mesa. Sí, habéis oído bien: la mostaza venía en un tubo de metal, como los que antes se usaban para la pasta de dientes. A mí aquello me pareció poco menos que una reliquia del otro lado del telón de acero.

-¡Aquí téeeeneis mogssstaza! -exclamó, como si nos estuviera haciendo partícipes de un misterioso honor ancestral.
Hay que reconocer que estaba todo buenísimo. Sin embargo, la mostaza de verdad no es apta para paladares desacostumbrados: sabe a pintura plástica. Es así, es un hecho objetivo. Ya sé que hay mucha gente a la que le parece deliciosa (A Lulú, por ejemplo)... en fin, a algunos les gusta esnifar pegamento y a otros comer pintura, no hay nada de que avergonzarse. Maya debía de opinar como yo, porque levantó el dedo y llamó al jefe.

-Perdone, ¿tienen mostaza dulce?

Repentinamente, el entrecejo del alemán se arrugó y las venas de la frente se le inflamaron:

-¡Mostaza dulce serrr parrrrra marrricones del surrrr! -gritó.

Nos quedamos atónitos. Se refería al sur de Alemania, pero Maya se enfureció igualmente:

-Oiga, ¡que mi madre es del sur de Alemania!

-Bueno -repuso el jefe-: ¡nadie es perrrrfecto!

Desde ese momento, la comida se convirtió en un show. Cada cinco minutos, el alemán se nos acercaba, decía alguna burrada y se marchaba entre risotadas. Cuando se dirigía a una chica la llamaba “rubia” (aunque ninguna lo era). A mi amigo Casimiro y a mí, nos ponía la mano en el hombro, y parecía que nos hubieran echado encima un trono de Semana Santa. En una de las ocasiones se me acercó y me preguntó:

-¿Tú sabes cómo se llama salchicha en España?

Me encogí de hombros, pensando que debía de tratarse de una pregunta trampa. Entonces, el alemán enseñó todos los dientes y exclamó:

-¡En Alegggmania salchicha se llama “Sueño de mujjjjerrr”!

De la risa que me dio, escupí un trozo de chucrut en la mesa (nos habían puesto tres posavasos por cabeza, pero no acerté en ninguno). Al jefe le gustó mi amable gesto de apreciación hacia su sentido del humor, y me dio una palmada en el hombro que casi me descalabra. Lulú, a mi lado, se moría de risa.

Como os iba diciendo, lo tengo decidido: Yo de mayor quiero ser alemán.

(Porcentaje de realidad: 98%)