domingo, 25 de noviembre de 2007

"Hágase la Navidad" dijo el Corte Inglés. Y la Navidad se hizo.

En la Escuela de Idiomas organizan todos los años un concurso de tarjetas navideñas. He pensado que si presentaba una les resultaría más embarazoso suspenderme. Puede que algunos opinen que es una vergüenza esto de volcarse en la Navidad cuando uno es más ateo que un pez. Sin embargo, diré en mi defensa que profeso una devoción a mi propia infancia que me nubla la vista en todo lo que al gordo de rojo se refiere. Eso sí, no he tenido valor para escribir "feliz Navidad", ni para poner alegres pastorcillos cantando villancicos: Una cosa es que mis principios morales se vendan a tres un duro y, otra muy distinta, que sea un hortera. A ver si os gusta.

P. D. ¿Sabíais que la principal razón para que uno deje de publicar es lo penoso que resulta dar explicaciones por el tiempo sin publicar?

(Porcentaje de realidad: 100%)

jueves, 13 de septiembre de 2007

El psicólogo. (El montaje del director)

Lulú es psicóloga. La psicología es una de esas ramas del saber tan amplias y complejas que los no iniciados tienden a confundir sus fronteras, incluyendo dentro de tan respetable ciencia cuestiones como la telequinesis, la adivinación y hasta el lado oscuro de la fuerza. Lo que ocurrió el martes pasado supera, sin embargo, la más transigente acepción de las palabras “sentido común”.

Estaba Lulú desayunando cuando alguien llamó al timbre. Abrió la puerta y se encontró con un hombre de mediana edad, al que no conocía. Al parecer se trataba de un cliente de su padre, que se había acercado a la casa para entregar unos documentos importantes. Lulú recibió los documentos y se despidió, pero el hombre se quedó junto a la puerta.

-¿Tú eres psicóloga, verdad?

-Sí, acabo de terminar la carrera -contestó Lulú, suponiendo que aquel tipo habría escuchado a su padre hablar sobre ella.

-Yo es que ahora estoy trabajando en algunos casos muy complicados -continuó el hombre-. Estamos llevando a cabo un proyecto en coordinación con un psiquiatra de aquí de Málaga…

“Vaya” pensó Lulú. “¿Quién será este tío? ¿Algún investigador importante?"

-…También trabaja con nosotros el sacerdote de la Iglesia de la Anunciación. ¿Lo conoces?

-No tengo el gusto -respondió Lulú, y pensó: “oh, oh…”

El hombre prosiguió:

-Tratamos casos complicados de esquizofrenia, aquellos que son más complejos que los producidos por causas fisiológicas… ¿tenéis en la facultad una asignatura de demonología?

Los ojos de Lulú se abrieron tanto que se le quedaron dados de sí durante dos días. “¿Demonología significa lo que yo creo que significa?” pensó. El hombre añadió:

-¿No os enseñan técnicas de exorcización y expulsión de demonios en la facultad?

Lulú controló su imperativa necesidad de salir por patas y, reuniendo hasta la última gota de su buena fe, contestó:

-En una asignatura de “historia de la psicología” vimos que en la antigüedad, hace mucho, mucho tiempo, cuando no se sabía nada en absoluto sobre la química o la biología, ni existían métodos científicos, ni rigor, y lo único que se sabía del cuerpo humano era que teníamos cabeza, tronco y extremidades, y los diagnósticos se basaban en supercherías y en lo que el imbécil del curandero hubiera visto después de fumarse la hierba que se fumara por entonces (que seguro que era de la buena)… en aquella remota época se interpretaban algunos casos de esquizofrenia como posesiones demoniacas.

(Bueno, quizá Lulú no fue tan explícita…)

El exorcista no captó la indirecta, y siguió explayándose en su relato sobre la lucha contra los demonios y la posesión del alma. Cada cierto tiempo se interrumpía a si mismo y repetía:

-¿Seguro que no tenéis una asignatura de demonología en la facultad?

Y Lulú se tenía que morder la lengua para no contestar:

No pero, si está realmente interesado, puede usted aprender todo lo necesario a través de la serie documental "Buffy cazavampiros”.

Antes de despedirse, el exorcista le dio la mano a Lulú muy formalmente y le dijo:

-Ha sido un placer. Quizá acabemos encontrándonos algún día a lo largo de nuestra experiencia profesional.

Personalmente, creo que el hombre estaba en lo cierto. Es muy probable que Lulú vuelva a encontrarse con él a lo largo de su experiencia profesional como psicóloga. Solo espero que la próxima vez le hayan apretado bien las correas de la camisa de fuerza.

(Porcentaje de realidad: 98%)

domingo, 26 de agosto de 2007

¿Qué escritor no quiere ser Franz K.?

[...] Una noche, a principios de 1963, recuerdo haber estado en una de aquellas monumentales salas de cine parisinas -que sobrepoblaban los Champs Elysées desde los años dorados- viendo la última película de Orson Welles: “El Proceso”. La cinta estaba basada en la novela de Franz Kafka del mismo nombre. Kafka es para mí un ejemplo de genialidad, quizá el mejor escritor de todos los tiempos. Confieso que siempre he sentido hacia él una profunda envidia, que es, en mi opinión, la única forma sincera de admiración entre escritores. Yo quería haber escrito “El Proceso”, y también “La Metamorfosis”, y sobre todo aquel cuentecito insignificante que se titulaba “Un Artista del Hambre”. Por desgracia, los escribió él primero, y eso ya no tiene arreglo.

Recuerdo que, al salir del cine, habiendo terminado y publicado recientemente mi última basura (que se convertiría en un best-seller durante las siguientes semanas), me asaltó mi viejo sueño adolescente de intentar escribir una novela de Kafka… o, mejor dicho, algo que pasara por la traducción de una novela de Kafka, puesto que mi dominio del alemán se reducía a las dos docenas de espantosas palabras que había aprendido veinte años antes, en un campo de prisioneros de Arnhem.

Como decía, desde que contaba solo dieciséis o diecisiete años, me había propuesto escribir una obra "al estilo de Kafka". Pensaba que si era capaz de escribir un libro que pareciera salido de las manos de aquel maldito austrohúngaro, si lograba engañar a todo el mundo y hacerles creer que el libro no era mío sino suyo, solo en ese caso habría alcanzado el -por entonces- objetivo de mi vida: ser tan bueno como él.

En realidad, la película que vi en París no alcanzaba la calidad de la novela (ninguna película podría hacerlo), pero había escenas muy logradas, que avivaron en mí el antiguo proyecto. Me tomé tan en serio mi resolución que decidí alquilar un pequeño apartamento en la Bohemia checoslovaca, en un pueblo cercano a Praga -la ciudad en la que él vivió-. La verdad, no habría sido necesario tan absurdo intento de inmersión cultural, porque apenas abandoné mi habitación durante los tres meses que dediqué a la novela. En un principio me había propuesto recorrer el país, memorizar las calles de la capital, mezclarme con los nativos… Pero en seguida comprendí que, si quería calcar la mente de Kafka sobre la mía, la soledad y la claustrofobia de mi diminuta habitación de alquiler resultarían mucho más estimulantes que cualquier visita turística.

Me arriesgo a parecer presuntuoso, y aceptaré como válida la opinión de cualquiera que me crea equivocado, pero lo cierto es que pienso que alcancé mi objetivo. Mi novela se llamaba “La Montaña”, y su protagonista se apellidaba "K" (como no podía ser de otra manera). Tenía el estilo, las frases, las imágenes recurrentes de Kafka… y después de haber leído y releído sus escritos una y otra vez, estoy convencido de que también tenía su espíritu. En realidad, no había resultado tan difícil. En cuanto terminé el escrito, comprendí que igualar a un genio no consiste en imitar su obra, sino en escribir una obra tan diferente como la suya.

A pesar de mis conclusiones, continué con el experimento, y permití leer la novela a algunos colegas -buenos escritores y editores- cuya confidencialidad estaba garantizada por los años y las deudas de la amistad. Logré engañarlos, lo conseguí. Aceptaron mi historia cuando les expliqué que aquella novela pertenecía a los textos que la gestapo había confiscado a Dora Diamant (la última amante de Kafka, que había sido incapaz de completar el deseo póstumo del escritor de destruir todos sus borradores). Les dije que el original se había perdido, y que solo se conservaba aquella traducción al inglés, realizada por un espía británico en 1944. Mi obra resultaba tan puramente Kafkiana, que ni siquiera aquella descabellada coartada supuso un problema para su credulidad.

“¿Por qué nadie sabe nada de ese libro?” se estarán preguntando ustedes. Había tomado la decisión de publicarlo pero, cuando me encontraba a punto de entregárselo a mi editor, comprendí que Kafka jamás habría hecho tal cosa. Lo habría guardado en un cajón, sin escribir el final deliberadamente para que nadie pudiera publicarlo. Y le habría pedido a su amigo Max Brod y a su querida Dora que lo quemaran todo cuando su corta y miserable vida llegase a su fin (probablemente, con la secreta esperanza de que no le obedecieran).

Así es que guardé la novela en la mesita del dormitorio de mi pequeña mansión andaluza, y aún sigue allí. No se preocupen: he dado órdenes a mis mejores amigos de que sea destruida en cuanto yo pase a mejor vida. Si son ustedes más jóvenes que yo, y tienen paciencia, es probable que acabe llegando a sus manos un ejemplar de bolsillo, a un precio muy asequible.

A. S. Littlesand, Memorias.

(Porcentaje de realidad: 0%)

martes, 21 de agosto de 2007

O yo o nada

Hoy mi madre y mi tía han coincidido en que soy exactamente igual que esta criatura:


Para los que no me conozcan, aclararé que -gracias al cielo- me parezco más a Don Pimpón que a esta especie de malo del coche fantástico.

La pregunta ahora es: ¿Cambio de peinado o de familia?

(Porcentaje de realidad: 100%)

lunes, 30 de julio de 2007

Debí nacer capricornio

Han tenido que pasar muchos días para que mi aterrorizada mente se atreviera a remover -una vez más- el asunto de la fiebre. Supongo que ahora que las sospechas han quedado por fin disipadas puedo deciros oficialmente que no me voy a morir.

El caso es que fui al médico. Lulú me acompañaba. Mi médico pasa consulta en un chalet muy antiguo, de techos altos, ambiente rancio y decoración vetusta. Algunos retratos de su célebre padre (otro médico de renombre) te observan ceñudos desde las paredes. Mal rollo de sitio…

Nos hizo pasar muy educadamente, y nos dio la mano a cada uno (por un momento pensé que a Lulú se la iba a besar). A mí, de entrada, se me puso el tono repelente, con las eses sobrepronunciadas, que me entra cuando intento parecer formal. Me pidió que le describiera los síntomas y así lo hice: fiebre. Solo fiebre. Se pasó media hora apuntando eso (el nombre científico de la fiebre debe de ser larguísimo). También le expliqué que habíamos estado en un camping cerca de la frontera de Cádiz, por si pudiera tener algo que ver. En ese momento dejó de escribir y me clavó la mirada. Me pareció que contenía la respiración y retrocedía un poco en su butaca.

-¿Han estado ustedes en el camping de San Roque? -exclamó-. ¿Ese en el que se ve una caravana en la montaña al acercarse por la carretera?

Lulú y yo nos miramos de reojo y descubrimos nuestras respectivas palideces. ¡Oh, dios mío, nuestro camping era el foco de una epidemia mortal, cuyas consecuencias habían llegado a los oídos de todos los médicos del país! Nos dimos la mano esperando la fatal revelación, pero el doctor solo dijo:

-Es un sitio precioso.

Y siguió escribiendo. Al cabo de un rato se detuvo y me preguntó:

-¿Ha estado usted en contacto con cabras?
-Pues no -contesté yo-. Pero bebí en una fuente, en Ronda, en la que no ponía que el agua fuera potable.
-Y en esa fuente… ¿vio usted cabras?
Miré a Lulú, y ella se encogió de hombros.
-Creo que no -dijo-, pero vi algunas vacas.

El doctor movió el bolígrafo en círculos, como diciendo “vacas, ¿a quién le importan las vacas?” y siguió escribiendo a toda velocidad. Lulú me hizo un gesto con la cabeza.

“Venga, díselo” susurró.

“Está bien, está bien”, le contesté yo con un movimiento de manos.

-No creo que sea importante pero… ayer me desperté con una araña enorme en la camiseta. He oído que hace poco murió alguien de una picadura de araña…

-¿La araña le mordió?
-Yo creo que no, pero a lo mejor mientras dormía…
-¿Vio usted excrementos de cabra en el camping?
-Pues no.

Siguió escribiendo un rato y después me hizo pasar a otra habitación en la que tenía una camilla y otros chismes de médicos. Me dio unos golpecitos en la cabeza (lo hace cada vez que voy, creo que intenta comprobar si sigue sonando a hueco), me pesó en una báscula y me miró la fiebre. Después volvimos al despacho.

-¿Ha estado usted cerca de la pista de hielo del pueblo? Ya sabe, por lo de la legionela…
-Últimamente solo una vez. Pasé por la calle de al lado hace unas semanas.
-¿Y ha tomado leche de cabra?
-No.
-¿Y algún derivado? ¿Queso de cabra?
-No sé… he comido el queso del Mercadona.

El doctor se rascó la barbilla.

-Está bien. No vuelva a beber en una fuente de un pueblo, ni siquiera cuando ponga que el agua es potable. Cómprese una botellita. Y vaya usted a hacerse unas radiografías para descartar la legionela. Buenas tardes.

“Mmm…” pensé “legionela, esa enfermedad mortal, ¡que guay!”

-Una preguntilla, solo por curiosidad -dijo Lulú-. ¿Qué tienen que ver las cabras?

Yo ya me había levantado y me disponía a marcharme. Para mí era muy evidente el porqué de las preguntas sobre cabras; pero me detuve a escuchar la respuesta, para asegurarme.

-Hay una enfermedad, cuyo único síntoma es la fiebre, que solo transmiten las cabras.

A la salida, Lulú me miró extrañada.

-No tenías curiosidad por lo de las cabras.
-Creía que intentaba averiguar por qué estoy como una chota.

Al día siguiente me hice las pruebas y resultó que no tenía legionela. Tampoco me ha dado por balar ni por pacer, así que el médico terminó por descartar la gripe caprina. En resumen: la próxima vez que me suba la fiebre, me voy a ver a mi abuela para que me de unas hierbas del pasmo. ¡Ea!

(Porcentaje de realidad: 92%)

miércoles, 18 de julio de 2007

La Tarantela

Parece ser que la fiebre ya se ha solucionado, aunque me temo que no puedo agradecérselo a los médicos. Supongo que hay que ir a verlos, por si acaso, pero la verdad es que la mitad de las veces, o no saben lo que tenemos, o no saben como se cura. ¿Sabíais que, por ejemplo, algo tan insignificante como las llagas de la boca no tiene tratamiento?

De todas formas, fui a mirarme lo de la fiebre. Lulú me insistió, porque había ciertos factores preocupantes. El día anterior al comienzo de los síntomas, habíamos regresado de un viajecito a un camping de Cádiz (para celebrar el final de los exámenes), en el que se habían producido dos situaciones potencialmente mortales:

En primer lugar, habíamos bebido agua en una fuente de Ronda -que más bien parecía un abrevadero-, en la que no sabíamos si el agua era potable. Es una práctica nada recomendable, pero no habíamos podido contenernos: El calor era tan agobiante que hasta las cigarras sonaban como si tuvieran la garganta reseca… ¡y aquel chorrillo salía tan fresquito y retozón! La única precaución que tomé fue acercarme a unos abuelos que había allí al lado y preguntarles si se podía beber.

-¿Ein? ¡hi aro! -contestó uno de ellos, que, en el idioma local, significa: “¿Perdón, cómo dice? Ah, desde luego, el agua es potable”.

Cuando ya habíamos sumergido todas las partes sumergibles de nuestros respectivos cuerpos, y habíamos bebido suficiente agua como para rellenar el aljibe de mi casa, nos dimos cuenta de que los dos viejecitos estaban muy sonrientes. Al pasar delante de ellos para marcharnos, uno exclamó:

-¡Está fresquita, eh! ¡Es que es una alegría!

En ese momento me acordé del extraño sentido del humor que gusta en los ambientes rurales españoles, y que Gila retrataba tan bien cuando decía: “sí que le matamos un hijo pero, ¡si no sabe aguantar una broma que se vaya del pueblo!”. Mis dudas sobre la potabilidad del agua se volvieron mucho más inquietantes.

Este hecho ya era digno de preocupación por sí solo, pero no era el único. No podemos olvidarnos de… LA CRIATURA.

Al levantarme a la mañana siguiente en la tienda de campaña, después de mis estiramientos y bostezos de rigor, me volví para saludar a Lulú.

-¡Sal de la tienda! -gritó ella.

Ya sé que mi aliento mañanero no es agua de rosas, pero aquello me pareció un poco excesivo.

-Pero…

-¡Tienes una araña en la camiseta! ¡Corre, sal, sal de la tienda! ¡No, no, no te toques! ¡Sal de la tienda, sal de la tienda! ¡Que SALGAS DE LA TIENDAAAAA!

Supongo que yo todavía estaba dormido porque, por más que me miraba, no veía a la araña por ningún lado. “¡Mujeres!” pensé, “¡cómo se pone por una arañita de nada!”

Así que abrí lentamente la cremallera, saqué una pierna de la tienda, luego la otra, esperé a que terminaran de crujirme todas las vértebras… si alguien ha descubierto la forma fácil de salir de una tienda de campaña, que me la explique.

-¡Pero sal de una vez, que se va a meter en los sacos! -insistía Lulú

-Ay, no te pongas así -dije-, que solo es una araña, que no me va a co… co… ¡Joder!

En ese instante descubrí a la criatura. Pero ya no estaba en mi camiseta, sino que se había mudado un poco más abajo. No le deseo a nadie la sensación de levantarte por la mañana y encontrarte una tarántula en los testículos. Por suerte, allí estaba la heroica Lulú para salvar mi entrepierna, armada con una chancla y sin miedo a utilizarla. Tomó carrerilla y lanzó una estocada fabulosa: potente, rápida y mortal. ¡Y casi le da a la araña! Casi… Pero no os preocupéis, al cuarto intento acertó (reconozco que hubo unos segundos en los que pensé en darle otra chancla a la araña para que intentara quitarme a Lulú de encima)

Finalmente conseguimos capturar a la Criatura en un tarro de salsa bolgnesa, y nos convertimos en un espectáculo ambulante, enseñando nuestra presa a todo el mundo por el camping (si nosotros no íbamos a dormir esa noche, los demás tampoco). He aquí un retrato del animalito. Os prometo que no es de goma:


A mí jamás se me habría pasado por la cabeza que una picadura de este bicho pudiera enfermarme. Yo creía que, en todo caso, me proporcionaría superpoderes arácnidos en los genitales, pero Lulú pensó que podía estar relacionado con la fiebre.

Sometido a tantos y tan graves factores de riesgo, y teniendo en cuenta que mi estado febril no estaba acompañado de dolor de garganta ni de ningún otro síntoma tranquilizador, Lulú me convenció para someterme a un examen médico. Lo que yo no me esperaba era que a mi médico se le fuera a ir tanto la pelota (seguramente debido a un excesivo consumo de capítulos de House). Al final iba a resultar que, en lugar de convertirme en el hombre araña, me iba a convertir en el hombre cobaya.

(continuará...)

(Porcentaje de realidad: 94%)

lunes, 9 de julio de 2007

Blade running

Las personas tendemos a creer que todos nuestros problemas se solucionarán en un día concreto, a una hora determinada. Nos gusta concentrar todas nuestras expectativas, como si la felicidad fuera una meta tangible y nítida, de la que solo nos separa una porción de tiempo. Puede ser la jubilación, las vacaciones o el día en el que tu amante deje por fin a su mujer. ¿Cómo es posible que nadie prevea lo que realmente ocurrirá cuando llegue ese día? ¿Es que la experiencia no sirve para nada? Las personas somos mentirosos muy hábiles, sobre todo cuando se trata de engañarnos a nosotros mismos. De alguna manera, conseguimos olvidar lo qué ocurrió la última vez que alcanzamos nuestros sueños: Nada. No ocurrió nada.

Aquí estoy yo, dándole al “refresh” del navegador, esperando que aparezca, de una vez por todas, la última nota de mi carrera. Esperaba sentirme… distinto... y así es, pero solo porque tengo fiebre.

“El final de una época, la frontera de lo desconocido” me repito mentalmente, intentando provocarme alguna reacción: un hormigueo en el estómago, un poco de excitación nerviosa, ¡algo! “Futuro” pienso, pero no es la palabra emocionante y evocadora que aparece en las novelas de ciencia ficción, sino una especie de cita con el dentista, enredada en decisiones y responsabilidades.

Me daré un plazo. Un día de estos se me encenderá una chispa en el dedo gordo del pie y echaré a correr por el pueblo gritando: “¡Libre, libre, libre!”. Quizá la gente no se equivoca tanto, después de todo. Quizá mí vida sí que va a ser perfecta a partir de hoy. A lo mejor solo necesito tiempo para asumirlo y algo que me baje la fiebre.

(Porcentaje de realidad 100%)