Jackie
Lulú tiene tres gatos en casa, o al menos eso dice: yo solo conozco a dos; al tercero nunca lo he visto, ni siquiera tengo pruebas de que realmente sea un gato. Su nombre es Jackie.
Poco después de conocernos, Lulú me contó su historia:
-Jackie era muy bueno y muy cariñoso -me explicó-, hasta que mi padre lo llevó a esterilizar y a que le quitaran las uñas. Le operó un veterinario joven, con la voz muy ronca, y malos modales. No sabemos qué le hizo, pero debió de ser una carnicería. Desde entonces se volvió muy agresivo. Al final conseguimos que tolerase a los de casa, pero a la gente de fuera... es mejor que no te acerques.
-Quizá si nos vamos conociendo poco a poco... -propuse yo.
-Jackie es muy celoso, no le gustan mis amigos, y tú tienes la voz demasiado ronca -dijo Lulú-. Nunca aceptará a nadie con esa voz.
Así que Jackie se convirtió -para mí- en un espíritu, un gruñido en la habitación de al lado, un ojo brillante escrutándome desde una rendija de la cortina.
Mi relación con Jackie no ha cambiado mucho desde entonces. Cuando voy a casa de Lulú, ella lo encierra en alguna parte, y no lo suelta hasta que me marcho. De vez en cuando, alguien lo libera por error mientras yo aún estoy por allí. Entonces oigo un grito en el pasillo, una voz que exclama: "¡Cuidado, Jackie está suelto, Jackie está suelto!". Lulú sale despavorida, me encierra en la habitación y, desde el otro lado de la puerta, me ruega:
-¡Por favor, no salgas, por lo que más quieras!
Lo que más quiero es a ella, así que le hago caso. Aunque no es el único motivo por el que me quedo escondido: confieso que la palabra "Jackie" me acelera el pulso. Ha dejado de ser el nombre de un gato, y se ha convertido en el de un terror difuso que acecha en el pasillo, agazapado entre las sombras -muy cerca- donde no puedo verlo... Creía que el monstruo que me atormentaba desde el armario de mi dormitorio se había ido para siempre cuando cumplí los nueve años, pero no es así. Ha vuelto y tiene nombre propio.
Algún día me gustaría verlo, cara a cara. Siento que ese bicho y yo somos parecidos, después de todo. Los dos somos malhumorados y egoistas, nos gusta estar tumbados, quedarnos en casa, dormir en el sofá y que no nos molesten; los dos nos odiamos mutuamente; y los dos queremos a la misma mujer.
La otra noche, Lulú y yo dormitábamos en su salón, viendo una película. De pronto oí una tos en el pasillo, y el sonido crepitante de un ronroneo. Cerré los ojos y me arrebujé entre los cojines. Escuché como el ronroneo arañaba la puerta cerrada, con sus patitas sin uñas. Entonces decidí acercarme. Dejé cuidadosamente a Lulú dormida en el sofá y me coloqué junto a la puerta, que es de cristal traslúcido. Pude ver una silueta borrosa contoneándose al otro lado. Él me olfateó y gruñó.
"Hola, Jackie", contesté yo.
Sentí todo su rencor detrás del cristal, ese rencor que crece cada vez que mi olor invade su hogar y a él lo encierran a oscuras durante horas. Pero no, no podía permitirme ser compasivo. "Esto es una guerra por el poder, amigo mío y voy a ganarla" le dije con el pensamiento. "Al fin y al cabo tú solo eres un gato castrado y yo, su novio".
Lulú se despertó en ese momento:
-¡Ay, no le chinches, que se pone muy nervioso! -exclamó.
Lulú me apartó a un lado, abrió unos centímetros la puerta y salió del salón. Percibí fugazmente una cola sedosa que se balanceaba con sigilo. Por el cristal empañado pude ver como Lulú cogía una mancha oscura del suelo y la abrazaba contra su pecho, susurrando:
-Jackie, Jackie ¿Qué pasa, mi niño? ¿Tienes sueño?
Lulú volvió a abrir unos milímetros y me dijo a través del resquicio:
-Ya es muy tarde, será mejor que nos vayamos a dormir. Y el pobre Jackie también necesita acostarse. Se ha puesto malo estos días, no hace más que toser. Creo que me lo llevaré a mi dormitorio.
Gruñí.
-¿Y por dónde salgo yo? -pregunté.
-Espera a que nos hayamos metido en la habitación.
Vi su sombra desaparecer, y aguardé hasta escuchar la puerta cerrarse. Después, salí de la casa intentando no hacer ruido. Estaba oscuro y hacía frío. Vi la luz apagarse en la ventana del dormitorio de Lulú. Me abroché el abrigo hasta arriba y eché a andar hacia el coche.
(Porcentaje de realidad: 90%)
P.D. ¿Alguien sabe cuántos años vive un gato?










